Mes: febrero 2015

El silencio de un hombre (1967)

El silencio de un hombre

País: Francia

Año: 1967

Duración: 110 minutos

Director: Jean-Pierre Melville

Elenco: Alain Delon, Nathalie Delon, Caty Rosier

Género: Cine Negro, Thriller, Drama

 

Un hombre, frío y hierático, solitario caminando por las calles de París, ejerciendo como asesino a sueldo. Regido bajo el código samurái, ejecuta sus trabajos meticulosamente y sin reparos, habitando en su alcoba después de realizarlos (o antes) en un ambiente particular único, cargado de una atmósfera poderosa, pobremente decorado, en el que el único sonido es el cantar de su pájaro, y lo único visible es el humo emanado de su boca mientras apura tranquilamente su cigarro. Un lobo hermético y sosegado, meticuloso y audaz, vagando por ese universo de crimen.

Así presento, resumidamente, esta obra capital del Cine Polar Francés, la obra cumbre de Jean Pierre Melville, principal exponente de esta corriente. Esta obra es el resultado final de un esmerado y concienciado aislamiento formal por parte del autor; de perfección estética y excelencia formal. El cine de Melville llega a su cumbre con esta irreemplazable obra, cargada de un estilo único, exclusivo, de subyugante fuerza narrativa acompañada de un latente pero poderoso potencial dramático.

Un hombre acorralado, abocado a la destrucción, de una poderosa fuerza interna, de diálogo parco, dedicándose a observar, a apreciar, a decir única y exclusivamente de lo necesario, prescindiendo de lo gratuito. Los gestos, los movimientos, los pasos, los rostros son perfectamente retratados por Melville, cada mirada, cada expresión, como lo que emanan las imágenes, la fuerza que transmiten, de una exclusividad formal, de una austeridad formal. Melville prescinde de lo recargado, de cualquier atrezzo superfluo y del colorido, reducido, austero a la vez que poderoso. La precisión narrativa, así como el guión, son impecables, pese a la escasez de datos, expuesto únicamente lo necesario, enfocando con mayor relevancia el detalle visual, el gesto, que la acción en sí. La persecución policial en el mero y la coordinación que llevan a cabo para atrapar a Jef Costello es todo un paradigma de la inventiva y de la precisión cinematográfica, de la prosa narrativa reducido el texto a la mínima expresión.

Un film Neo Noir con toques a sabor clásico, fundamento base del Cine Polar Francés, a un ritmo contundente, reposado, en el que el trasfondo dramático, esa reminiscencia, se apodera del filme, hasta llegar a su culmen en el inevitable clímax.

Película de magnetismo vibrante, de fuerza inaudita, ambiguo hasta la irremediable abstracción que se traduce en una auténtica experiencia cinematográfica, ahondando en esta travesía la perfecta dirección y el potencial de los planos secuencias, reposados, y la sólida puesta en escena perfectamente encuadrada. La fotografía es exclusiva, rigurosa a la vez que atrayente, poderosa, acompañada de una música opulenta, una sinfonía que manifiesta los movimientos del samurái solitario, que describe el contexto que le rodea, añadiendo rigor y consistencia dramática.

La obra va adquiriendo intensidad, desde el primer minuto del metraje, fuerza inaudita; potencial asombroso y excitante recubierto de una fuerte alma etérea, una manifestación interna, un testamento fílmico único en la historia del cine, una pieza angular del cine, de potencial y rigor absoluto, una tragedia de un hombre en clave de cine negro. Un trasfondo dramático demoledor de un personaje abocado a la destrucción de impecable destreza.

Estilísticamente aprovechada al máximo, la obra se ve compuesta de una perfecta síntesis de encuadres que destilan pureza y sinceridad, una mirada lúcida reflejada a través del prisma de un tigre solitario, un hombre sereno y calculador, desplazándose la cámara para captar cada momento, cada instante de esta odisea, de este personaje encarnado por Alain Delon en uno de sus papeles memorables, en estado de gracia, volcado en los gestos, en el vigor interno del personaje, extrayendo el jugo de sus matices, de su profundidad, dando como resultado una interpretación sólida, eficaz y desgarradora. Las relaciones de Jeff Costello con sus conocidos, exclusivamente con la bellísima Nathalie Delon, es realmente desgarrada; Costello no ríe, no llora, solo ejecuta, toda la fuerza externa la manifiesta intrínsecamente (estén atentos a las escenas con Nathalie Delon), optando por el silencio y el hermetismo.

Todos los elementos se conforman para crear armonía, arte alineado y puro, calculados hasta la obsesión, arte que prescinde de recursos estilísticos comunes, que se conjuga y da como resultado una travesía artística del más alto nivel, sin muchos detalles argumentales.

Personajes tan austeros como redondos, en los cuales el espectador subjetivamente, deduce las causas de tal ambiguo comportamiento. Los elementos narrativos son escasos, con los cuales se monta la trama general, pero suficientes para desglosar una narrativa tan poderosa, tan contundente, de forma como de esencia. He ahí la transgresión de Melville, los detalles en prosa como visuales siguen un proceso de austeridad absoluta. En contraposición a la obra de 1946 “El sueño eterno” dirigida por Howard Hawks e interpretada por Humprey Bogart, la cual nos presenta un guión de lo más rocambolesco y saciado de datos, Melville prescinde de toda esta superficialidad y se dirige a la esencia, a lo estrictamente necesario, porque la narrativa compleja no tiene por qué poseer la mayor cantidad de detallas, sino fluir con pulso, rigor, coherencia y talento. La abstracción visual de los fotogramas prescindiendo de la excesiva saturación de colores en una dirección perfecta, la abstracción narrativa prescindiendo del excedente argumental; toda esta apreciación, este magnífico ejercicio, lo realiza Melville en la mayor gracia, en la más irremediable cumbre. La fuerza etérea que envuelve la obra durante todo su transcurso como la atmósfera la consigue Melville convirtiéndolo en un mito, en alma sin grandes retazos estilísticos. Film atemporal, magnífico ejercicio de experimentación formal, dentro de unos cánones; en la cual se ve la influencia, tangencial sin duda, de la Nouvelle Vague francesa y la revolución cinematográfica de los años 60.

 

Obra de arte, una experiencia irreemplazable, una obra que se te queda grabada en la retina para la eternidad, un ritual artístico.

 

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Los peces rojos (1955)

 

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País: España

Año: 1955

Duración: 100 minutos

Director: José Nieves Conde

Elenco: Arturo de Córdova, Emma Pennella

Género: Cine Negro, Intriga, Drama

 

Existen obras espléndidas que ponen de manifiesto el enorme potencial de nuestro cine. Un ejemplo paradigmático de este cine, a la vez que injustamente desconocido, es la obra que voy a criticar: Los peces Rojos. “Los peces rojos”, junto a la maravillosa “Muerte de un ciclista” del talentoso cineasta Juan Antonio Bardem, componen dos obras irremplazables del cine español que poseen contables similitudes, siendo el género de Cine Negro. En una época en la que la censura franquista ponía límites a la expresión, los cineastas transgresores como Bardem o Conde se saltaban sutilmente estas restricciones arriesgándose a que se la vetaran. Esta película se adentra en un mundo puramente noir de matices psicológicos nunca visto en el cine español, con una estructura narrativa compleja y subyugante.

Obra maestra del Cine Negro mundial. Obra de guión milimétrico y muy bien tejido, complejo y de curiosos recovecos, entresijos, giros, falsas verdades y características narrativas; a la vez que de un portentoso y contundente desarrollo narrativo que se desenvuelve con la más absoluta grandeza. Dirección con muchísimo rigor y porte, e interpretaciones sublimes y convincentes, las cuales aportan una mayor complejidad y verosimilitud a la obra. No tiene nada que envidiar a un film de cine negro americano.

 

Este film es un hito del cine y una cumbre en nuestro cine: narrada impecablemente mediante inteligentísimos y rigurosos flash backs usando de intermediario entre el recurso y el presente ficticio la filmación del fuerte oleaje que azota la costa como la descomposición psicológica que sufren los personajes; así con esa estructura narrativa muy elaborada, mezclando tiempos presentes y pasados por el mecanismo previamente narrado, envuelto el film por una atmósfera inquietante, a la vez que trágica con una capacidad subyugante, de un magnetismo vibrante, eléctrico que hace sumergirse en los recovecos de la trama, del propio contexto, e incluso de los estados psicológicos de los personajes. La maravillosa fotografía en blanco y negro, la cuidadosa y esmerada dirección, la exhaustiva precisión a cualquier detalle, la eficaz y contundente puesta en escena redondea una obra maestra desconocida. Fotografía oscura y de profundos claroscuros propia del mejor film noir, con un bizarro uso de la cámara, como el empleo de planos inclinados, planos secuencia muy bien acompasados y organizados y travellings muy acertados. No existe ningún plano que no justifique el poderoso avance de la acción narrativa en sí, todo está filmado con esmero y paciencia, tanto esa estilizada dirección como esas soberbias interpretaciones con la colaboración de reputados profesionales como Arturo de Córdova (trabajó con Buñuel en “Él” (1952)) o la jovencísima Emma Penella en uno de sus primeros papeles protagonistas. (“El verdugo” (1963), “La busca” (1966), “Fedra” (1956)). José Nieves Conde crea esa atmósfera con la compleja interpretación de Arturo de Córdova, convincente, eficaz, difícil de encarnar.

La meticulosidad y la complejidad describen a esta obra de inherente capacidad visual y narrativa en un ambiente trágico, bizarro cargado de matices, film poseedor de diálogos ingeniosos, sagaces y contundentes, a la vez que expresivos e inteligentes, con un toque transgresor y reivindicativo (presten atención a la escena con el editor y el protagonista escritor); de un trasfondo un tanto ambiguo acompañado durante todo el metraje por un ritmo incesante y agudo, asociado a una tensión que se dirige in crescendo hasta el inevitable y revelador clímax, a la vez que se van incorporando nuevos matices y complejidades argumentales, mientras el desarrollo narrativo se expone inexorablemente. La atracción visual de los encuadres es una maravilla, como la fuerza narrativa y a la vez dramática henchida de una carga psicológica formidable. Las calles solitarias, los espacios vacíos, la incertidumbre, el paso del tiempo hacia la inevitable resolución de los conflictos, las verdades a medias, la autodestrucción formal, la realidad y ficción combinadas con la desestructuración psicológica, la dualidad del ser y el materialismo; se conjuga toda esta temática para crear un excelente cóctel de cine negro compuesto de un excelente vehículo que ha hecho posible la creación de esta gran obra. Pistas que no son, verdades incompletas, lo que parece ser y lo que en realidad es, los giros, recovecos, túneles, indicios, todos estos recursos que conforman parte de la narración tan rocambolesca y a la vez perfecta y palpable se conjugan, se interrelacionan para dar paso a este prodigio cinematográfico. Ahondando sin tapujos en las intrínsecas supuestamente ignotas cualidades y profundidades de connotación psicológica del protagonista, los remordimientos, los deseos, la conciencia, los anhelos.

 

Un film desasosegante, una película transgresora y militante, arriesgada y audaz, que marca una cima, una cumbre, en el cine español y mundial, porque una obra maestra no lo es únicamente dentro de su nacionalidad.

 

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