Cine de los 60

El ángel exterminador

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País: México

Año: 1962

Duración: 88 minutos

Director: Luis Buñuel

Elenco: Silvia Pinal, Enrique Rambal, Jacqueline Andere, Claudio Brook

Género: Drama, Intriga

Sin duda una de las obras más lúcidas y fascinantes del genio Luis Buñuel en la cima creativa de su contundente trayectoria. Obra amarga y asfixiante en el que un grupo de burgueses quedan atrapados inexplicablemente en el salón de la mansión de uno de los anfitriones y son incapaces de salir. La situación provocada en la obra sirve de subterfugio para retratarnos una alegoría compleja y destructiva sobre el aislamiento y la autodestrucción de una clase social que se encierra en sí misma. A través de una excelsa dirección que dota a la obra de una incontestable fuerza expresiva y un cadente rigor estilístico y discursivo, Buñuel disecciona las características e idiosincrasias de una clase social que debido a su individualismo radical y absurdo, su cinismo y talante reaccionario aderezado bajo las convenciones sociales, incompatibles con posturas colectivas en pro del bien común, ven imposible la huida y se encierran en discusiones absurdas, en acciones inconexas y en comportamientos agresivos y misántropos donde reina el egoísmo, la violencia y el rencor; dificultando la convivencia hacia límites insospechados.

La capacidad creativa y expositiva de Buñuel provoca las múltiples interpretaciones de esta intrincada alegoría.(desde análisis sociológico-morales, recorriendo lo antropológico hasta el eterno-retorno satírico) A medida que avanza el filme el trato cortés y las convenciones sociales son reemplazados por el instinto más primitivo de supervivencia matizado con patrones de conducta execrables que se van desvelando, instinto que comparten todos los seres humanos independiente de cualquier condición.

Paralelo y simultáneo a este desenvolvimiento dramático, se va instaurando una atmósfera malsana y opresiva creada bajo un dominio visual absoluto capaz de extraer todas las posibilidades expresivas en un contexto visual reducido, explorando ocularmente cada rincón de tal forma que la sala con la que convivimos expectantes junto a estos anfitriones en la calle Providencia (irónico hasta el nombre) nos muestre rincones que desconocemos, debido a la visión en diferentes ángulos, una maravilla. Una de las enormes proezas de la obra consiste en mantener la tensión dramática y emocional, el avance narrativo y la capacidad discursiva así como la contundencia expositiva prácticamente sin salir de la sala (excepto las escenas que comprenden en la misma calle Providencia y alguna otra que prefiero no desvelar). Esta magnífica exploración visual es propia de un talentoso y artístico cineasta, donde dota a sus encuadres de una composición envidiable, milimétrica (acorde a sus pretensiones expresivas y semánticas); que son revelados gracias a un magnífico uso de la cámara (donde se abre el cuadro a creaciones visuales arriesgadas),y a una contrastada fotografía de profundidad visual y profundos contrastes que condicionan la latente tensión de esta hipnótica parábola, arrojando imágenes formadas con nervio frío y pulso seco, contundentes.

La evolución psicológica de los personajes es acorde al avance dramático que adquiere la situación, donde nos desnuda sus más profundas pretensiones.

Otra lectura simbólica de la obra que extraigo es que el cineasta hace uso del Surrealismo para profundizar en el verdadero Realismo, o lo que es similar, que el hecho de encerrar ilógicamente a unos personajes es la excusa para desnudar la realidad, es decir y reiterándome irremediablemente, el encierro es el pretexto para mostrarnos como realmente son.

Asimismo la obra está ornamentada de un magnífico humor absurdo, surrealista y negro para resaltar el contenido semántico (aparte de ser el sello personal del autor) envenenando el ambiente.

Otro factor que encumbra a la obra, entre esas numerosas virtudes, también se debe no solo a la evidencia simbólica, sino a la capacidad alegórica, como le sucede a Viridiana; al sentido último de su obra, la catarsis final que trae consigo lo demás desvelándolo o el leit motiv semántico que articula las diferentes reflexiones. En contadas ocasiones la simbología se torna obvia, ya que su principal pretensión no consiste en la lectura simbólica de objetos, sino la interpretación figurada de situaciones, la catarsis máxima de una parábola, en este caso, profunda, inteligente y determinante. Buñuel citaba “El misterio es el elemento clave en toda obra de arte”, sin duda la frase es tan acertada como esa pretensión en esta película, es decir, plena.

Grandes obras maestras han condensado el espacio visual a un espacio reducido, como La ventana indiscreta, La huella, Gertrud o Doce hombres sin piedad, donde estas guardan un patrón análogo a la creación que nos ocupa, la sólida puesta en escena. Lo realmente complejo es la dirección de los actores en un espacio visual tan cercado y tratándose además de una obra de tan indudable contundencia. Si tenemos en cuenta que el cuadro y la puesta en escena deben ir acordes a las pretensiones discursivas y expresivas del cineastas y su obra y deben crear movimiento para que la obra fluya, El ángel exterminador lo cumple sistemáticamente. Su excelsa puesta en escena completa el vigor compositivo de cada plano articulándose por medio de un excepcional montaje para formar una colosal obra cinematográfica.

Cabe añadir las magníficas interpretaciones donde no es fácil encarnar a unos personajes con tanta veracidad y soltura, destacando la colaboración de su musa Silvia Pinal como uno de los presentes en la sala, que particularmente difiere en el proceder respecto a los demás invitados.

La propuesta arriesgada de Luis Buñuel torna en una obra de arte, que bien a manos de otros cineastas podría haber caído en el ridículo o en la impotencia discursiva inherente a su carga alegórica.

Finalmente, constituye un drama opresivo y angustiante, que surca en medio de lo racional y lo onírico sin decantarse para reforzar la potencia del relato.

Obra maestra.

10

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Sayat Nova

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País: URSS

Año: 1968

Duración: 80 minutos

Director: Sergei Parajanov

Elenco: Sofiko Chiaureli, Melkon Aleksanyan, Vilen Galstyan, Giorgi Gegechkori

Género: Drama

Una de las obras más decepcionantes que he tenido el frustante placer de presenciar. La obra pretende, en una brillante premisa artística, retratar la vida y obra del poeta armenio a través de su realidad interior y su propio pensamiento. Sin embargo, el vehículo llevado a cabo ha frustrado la consolidación fílmica de lo que podría haber sido una gran obra. En la obra no existe ningún movimiento de cámara, solo encuadres fijos (la mayoría planos escena) detallados por una estilizada composición pictórica. No existe un hilo argumental claro (tan solo el paso del tiempo) ni una narrativa esquematizada desgranada, prácticamente inexistente. Todo ello son los hechos objetivos de los cuales se podría haber sacado el mayor partido.

Pese a esta gran premisa, advierto una falta de talento cinematográfico evidente en la obra por parte de este cineasta, incapaz de plasmar con naturalidad y lirismo no forzado la realidad interior de un artista.
El problema de la obra radica en varios aspectos: uno es la composición de cada encuadre, a nivel cromático es notable pero tanta expresiva como conceptualmente carece de naturalidad y lirismo, apreciándose tan solo (sobre todo desde el segundo tercio de la obra) amaneramiento, artificiosidad exageradamente forzada, pedantería, monotonía y ridiculez. Parece deducirse que el cineasta se ve obligado a recurrir a lo estrafalario para crear poesía ignota, hecho que desvela la incapacidad de reproducir en imágenes la evocación metafórica del estado interior del poeta a través de sus bellas reflexiones, representando por consiguiente su existencia y producción artística.
El segundo problema estriba en la inconsistencia lírica y dramática de la composición y en que el conjunto no se hilvana con naturalidad, sino que se desequilibra, tropieza incoscientemente debido a su inconsistencia. Este error sintáctico condena a la obra afraguar inexorablemente.

Sin embargo, uno de los aspectos más detestables es la amanerada, cargante, extremadamente ridícula, pedante y pretenciosa puesta en escena así como la lamentable interpretación dirigida con una mano torpe. El hecho de realizar movimientos mecánicos con una lentitud etérea mientras observan fijamente la cámara no provoca que la contundencia lírica o la revelación teofánica sea superior, sino más bien el efecto contrario.
No me sirve el subterfugio de que dichos movimientos y miradas son la llave que expresa el estado interior o la reminiscencias evocadas, la única forma de revelarlo.
Las alegorías visuales de la obra abundan, pero no están bien conjugadas y expresadas. Cabe añadir que sí existen algunas realmente bellas como el cruce de miradas por comentar una; pero la mayoría pecan de absurdas y monótonas, no por el motivo conceptual (que es sincero y denso) sino por la forma. Si a través de la composición pictórica se quiere expresar una idea surrealista o un estado interior, ésta no es la mejor estructura. La magnífica introducción es la única parte de la obra donde se palpa esa cadencia, esa unión lírica.

Redundando en la excepción, algunos pasajes son realmente bellos de composición interna lírica y de estética intachable, pero por desgracia se ahogan en un mar mal contenido y caótico.

El magnífico John Cassavetes, prisma central del Cine Independiente por antonomasia, dijo: “Como artista, siento que debemos probar muchas cosas… pero sobre todo tenemos que atrevernos a equivocarnos”, frase que manifiesta la libertad creativa en la creación artística como inspiración de crear nuevos caminos expresivos, con el riesgo (que se debe correr) que conlleva. Como consecuencia de este arriesgado ejercicio, Parajanov ha errado en su afán de trasladar esta maravillosa concepción y no ha trazado ningún estilo a apreciar.

Como recalqué, uno de los problemas capitales es la falta de coherencia. No me refiero ni a la narrativa ni a la visual (mucho menos del raccord), sino a la inexistencia de una arquitectura interna que sostiene a la obra, que la vertebra, un alma que penetra dentro de ella y que debe penetrar en tu mente y reposar mientras conversa contigo, una organicidad que fluye cadente como un arroyo. Esa percepción intrínseca y mística de la obra la realiza el espectador con la mente (abierta siempre) y el corazón, pero si esa cadencia no discurre y no establece un diálogo con él (aunque sea críptico, ya que ese no es el problema) la obra pierde su autenticidad y validez, queda estéril, vana, impotente. Parajanov erra en su concepción cinematográfica, donde el movimiento muere por inanición, la emoción sucumbe ante lo irrisorio y se corrrompe.

Todo ello no es óbice para matizar la vasta imaginación del cineasta para componer cada plano, lástima que se aproveche tan mal en una puesta de cuadro tan mal enfocada. Ni en los movimientos y gestos (la antítesis de la cadencia, lo contrapuesto al lirismo gestual de Melville) ni en los silencios (prácticamente en toda la obra, una blasfemia compararlo con los cineastas que previamente cité) ni en la composición se extrae cadencia o revelación pictórica y lírica. Solo en el sonido si se aprecia cierta plenitud, pero como un náufrago en una isla, exhala ecos sin recibir respuesta.

Por ello es una obra pretenciosa, pedante, artificiosa, a ratos grotesca, ocasionalmente trascendental ( la trascendencia no radica exclusivamente en el concepto sino en la forma); donde algunos versos sueltos del poema alzan la voz pero se afligen con el pesar de una lírica extraviada.

Una gran pena, lo que podía haber sido una de las grandes obras de la historia se queda como un experimento fallido y monocorde.

4

 

2_estrellas

El proceso (1962)

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País: Francia

Año: 1962

Duración: 120 minutos

Director: Orson Welles

Elenco: Anthony Perkins, Orson Welles,  Romy Schneider, Akim Tamiroff, Jeanne Moreau

Género: Drama, Intriga

Una de las adaptaciones más celebres de la obra de Kafka es esta versión de 1962 dirigida a manos del excelentísimo Orson Welles. En un principio no demostraba una reseñable atracción hacia la obra del escritor Checo, hasta que decidió adaptar esta obra inacabada y póstuma publicada en 1925 por uno de los más fascinantes y sugerentes escritores existencialistas del siglo XX.

El filme se adapta magistralmente a las características y connotaciones de la obra original, no siendo óbice para ello la libertad e independencia narrativa para con la novela. Orson Welles escoge un libro intrincado y lleno de matices no solo respecto al trasfondo, sino a la forma y la plasticidad, como culminación estética del contexto y la realidad deformada de la que forma partícipe el protagonista. Esta obra cinematográfica, producida en Francia y con elenco puramente europeo, correspondiente a la nueva etapa del genio, constituye una de las críticas más audaces y feroces contra la justicia humana y el poder establecido. Se nos muestra un mundo absurdo y caótico plagado de una vasta burocracia y un extensa e ininteligible administración que traspasan el límite del conocimiento humano; un contexto inhumano y alienante en el que abundan extrarradios, fábricas abandonadas y personas hacinadas como si de ratas se tratasen, un mundo incomunicado y despersonalizado en las relaciones humanas, en la relación Estado-Individuo donde se antepone el concepto difuso de Estado al de la propia sociedad constituyente. Las viviendas son una metáfora de un mundo que ha perdido el rastro de la cálida belleza, sustituido por la fría vacuidad. La irrelevante existencia de un individuo inocente frente a las pretensiones de un ¿Estado? que alcanza cotas en la que sus propios subordinados se somenten irracionalmente a él sin poder comprenderlo siquiera.

Este filme es ejecutado satisfactoriamente gracias a un vehículo inmejorable que porta una cantidad ingente de ideas y percepciones, debido a la perfecta síntesis del lenguaje y la adecuación correcta en la forma correspondiente. Cabe por repetitiva pero reseñable, la excelente, audaz y artística dirección de Don Orson Welles, siendo capaz de exprimir cada rincón y cada ángulo para realizar un excelso nectar artístico en el que los encuadres son apurados y certeros, aprovechados al máximo. Teniendo en base que la concepción semántica de los planos son también determinados por la posición de la cámara y sus ángulos, como sus movimentos asimismo; en la obra de Welles abundan picados, contrapicados, travellings, y angulaciones de todo tipo para reforzar el estado de angustia y terror existencial que padece el protagonista. Cabe añadir que se trata de un montaje audaz y vanguardista (filme inclusive dentro de la etapa revolucionaria cinematográfica de los años 60) que lo que hace es sustentar la cadencia final de la obra a través de esa esmerada y bizarra composición de encuadres manteniendo el ritmo, la forma, el contexto, viusalmente y narrativamente.

La presentación de la obra se lleva a cabo por encuadres de enorme fuerza visual que muestran la realidad tanto interior como exterior que giran en torno a ese protagonista desconcertado en un funesto y desasosegante blanco y negro. Encuadres que nos muestran toda esa caótica realidad, portadores de profundos claroscuros en el que dominan los sitios con escasa luz y los contextos nocturnos. Esa fuerza expresiva es la que dota de una mayor consistencia el relato, la que hace adentrarnos en un mundo indeseable, la que hace abstraernos durante la travesía del filme inducidos bajo un relato subyugante y tormentoso, el drama de un ser racional buscando respuestas en un mundo caótico, buscando explicaciones sensatas y humanas sobre un mundo artificial cruel y déspota. El filme conserva su agilizada narrativa tan minuciosa como concisa, apoyada bajo un muy notable guión. Excelente actuación la de Anthony Perkins, como protagonista Josef K., un ser que intenta explicarse lo inexplicable, intenta comprender lo incomprensible, demostrar lo idemostrable debido a la propia absurdez de la sociedad, y finalmente, de su propia existencia; muy notable la del abogado suyo encarnado por el siempre excelente Orson Welles; Akim Tamiroff como el cliente humillado del abogado ensalza sus dotes interpretativas y vuelve a trabajar con él (trabajó con Orson en “Sed de mal”, “Campanadas a Medianoche”, “Mister Arkadin”…); Romy Schneider como la enfermera del abogado, personaje correctamente encarnado que representa un rescoldo de cordura y desaire; y Jeanne Moreau, como la vecina de Josef K. en la que “la mejor actriz del mundo” hace un papel brevísimo.

Destaco el uso de abundantes planos secuencias (en la primera escena se aprecia) como potencializador de la fuerza narrativa y de la manifestación estética de la obra. La riqueza semántica de la obra viene motivada por la ambigüedad del relato, del que se pueden extraer numerosas reflexiones y conclusiones. Destaco esos magníficos decorados que potencian el efecto alucinador y surrealista de la obra.

 

Una obra bizarra, singular, intrincada y una sensacional visión de la existencia humana a través del prisma de la novela de Kafka.

 

10

 

500px_5_estrellas

Callejón sin salida (1966)

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País: Reino Unido

Año: 1966

Duración:  120 minutos

Director: Roman Polanski

Elenco: Donald Pleasence, François Dorleác, Lionel Stander, Jack Mac Gowran

Género: Thriller, Intriga, Drama, Comedia

 

Comentar esta maravillosa obra no es una tarea sencilla, tal vez no por la sensación que otorga el filme, manifestado a través de una crítica constructiva, sino en lo intrincado que resulta desvelar íntegramente su atractivo trasfondo así como las lecturas que se puedan extraer.

Polanski vuelve a filmar una de sus obras más bizarras y lúcidas en toda su sobresaliente filmografía. Este film es el tercer largometraje desde su ópera prima, el thriller psicológico y drama “Un cuchillo en el agua” (1962) y el segundo filme perteneciente a su etapa en el Reino Unido, que comenzó con la fascinante y a la vez trágica “Repulsión” (1965) y siguió ininterrumpidamente hasta el año 1968 que viajó a Estados Unidos para grabar una obra legendaria, y probablemente una de las más reconocidas, aunque no tanto como otras, “La semilla del diablo” (1968)

En esta obra se manifiesta, ineludible debido a la atracción del cineasta por reflejarlo y expresarlo con muchísima minuciosidad, la compleja evolución psicológica de los personajes. Esta obra maestra es sin duda una extraña parábola, una compleja alegoría de las relaciones humanas y la existencia a través de las manipulaciones psicológicas que se ejercen recíprocamente los miembros de esta heterogénea y dispar composición psicológica de la que son partícipes exclusivos. Esta obra la vi hace bastante tiempo (por noviembre del año 2013) y me fascinó en desmesura. Polanski establece una dirección con rigor y consistencia, adherida a un talante transgresor y bizarro que se refleja con suma claridad en el propio encuadre, capaz de trasladar las pesadillas surrealistas introspectivas a la pantalla con fuerza inaudita. Cada encuadre de la obra está establecido con un sentido que intenta desorientar incluso abstraer ante este laberinto psicológico, destilarnos mediante la composición de los mismos las características psicológicas del personaje con un sentido excelso de la forma. A esta perfecta, incluso abrasadora, catarata de encuadres se le añade una notable puesta en escena, compleja desde su planteamiento con la cual Polanski traza esta turbadora e intensa metáfora. Pero la fuerza que reside en la misma no sería igual de contundente sin la opulenta y desasosegante atmósfera que acompaña a la obra en su conjunto, que recubre la obra como si de algo recóndito se tratara, algo turbador y extraño, airoso y desesperado, diluviando y atormentando bajo la existencia de unos singulares personajes. Hace recorrer a los espectadores por un laberinto intelectual sin retorno en el que nos otorga diferentes interpretaciones mediante multitud de situaciones caóticas y surrealistas y diálogos ácidos y cínicos.

Polanski extrae una fuerza visual asombrosa, ensordecedora, que hace más posible la abstracción ante esta singular travesía, acompañado el filme de una singularidad formal de estilo muy depurado. Añado, que de esos magníficos encuadres, caracterizados por un indescriptible poder visual, se extrae la perfecta representación de los gestos, las miradas y las acciones a través de sugerentes planos generales y llamativos primeros planos. Polanski condensa el contexto visual al máxima cual lugar para el desarrollo de la acción narrativa es prácticamente un castillo y las zonas circundantes.

Numerosos encuadres me hacen recordar, sin lugar a dudas, a filmes magníficos del auténtico genio del séptimo arte: Orson Welles. Los intensos primeros planos, el uso del angular para distorsionar las formas… hacen rememorar, por ejemplo, a “Mister Arkadin” (1955), o “El proceso” (1962).  El objeto que impulsa a Polanski a crear esta composición se debe, nombrado anteriormente, para crear esa atmósfera kafkiana con profundos toques tragicómicos, y evidentemente una profunda carga psicológica.

En la obra destaca también la depurada y cristalina fotografía en B & W que hace de la obra una delicia artística de culto aun mayor.

Película poseedora de un fuerte magnetismo y de una inquietante ambigüedad. Un socio moribundo y un gánster, correctamente interpretados, se refugian en un castillo medieval en el que habitan un matrimonio cuyo diferencial de edad se aprecia con toda claridad. El marido es un paranoico pusilánime y la mujer es una pueril ninfómana, que suple el tedio y el vacío, así como la incomunicación que le proporciona ese matrimonio con actividades mundanas (en la cual una de ellas influye en la trama). En un principio el sujeto dominante es el gánster, pues posee una violenta coartada, atemorizando con la violencia y el terror: el revólver, con el cual domina y somete a los huéspedes para realizar sus deseos, entre ellos que no les delaten. Pero inexorablemente, esta relación de dominación va mudando hasta cambiar completamente los roles de cada sujeto, apreciándose claramente cuando llega la visita de unos vecinos.

Polanski va retratando a unos personajes psicológicamente densos e intrínsecamente débiles que se interrelacionan de uno u otro modo dependiendo de las circunstancias que los rodean. La obra en sí no posee un desarrollo narrativo lineal, sino, como sucede en “La aventura” (1960) o “La dolce Vitta” (1960) por ejemplo, se desenvuelve tras una sucesión de magníficas circunstancias componiendo una narrativa impecable con un gran sentido del ritmo acompañado por una eficaz y singular banda sonora.

Una alegoría bizarra, oscura, extraña, densa, única, una obra de culto, otra excelsa obra de Roman Polanski de puro cine de autor perspicaz y transgresora, dotada de una grandísima libertad y riqueza artística que Polanski redondea ahondando en las grandes posibilidades expresivas y visuales. Interpretaciones solventes y notables, principalmente de Donald Pleasance, encarnando al marido pusilánime e impotente, cuya contundencia interpretativa recae en la rápida expresividad y en la densa expresión facial propia de un personaje desequilibrado en el fondo y caótico; Lionel Stander, como el gánster violento e irracional; destaca también la aparición de Françoise Dorleác, hermana de Catherine Deneuve, que falleció, como dato, trágicamente en un accidente automovilístico en 1967, cuyo hecho impidió apreciar la evolución de una trayectoria cinematográfica que emergía.

Film correspondiente a una etapa brillante en el cine de Polanski, década en la que filmó numerosas obras maestras, una por año prácticamente, en el periodo correspondiente a 1965-1968, con “Repulsión” (1965), “Callejón sin salida” (1966), “El baile de los vampiros” (1967), y “La semilla del diablo” (1968),  hecho que me resulta sorprendente y a la vez fascinante, en el cual exprimió este cineasta todo su potencial artístico y todas sus cualidades expresivas; etapa que se truncó durante un par de años (volvió en 1971 para realizar una versión de Shakespeare “Macbeth” desde la excelsa “Trono de sangre” (1957) de mi amado Kurosawa) por el macabro crimen cometido a su esposa, la modelo y actriz Sharon Tate (que aparece en “El baile de los vampiros”) en 1969 . Sin duda uno de mis cineastas favoritos.

 

10

 

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La Aventura (1960)

La_aventura-115454781-largePaís: Italia

Año: 1960

Duración: 140 minutos

Director: Michelangelo Antonioni

Elenco: Monica Vitti, Gabriele Ferzetti, Lea Massari

Género: Drama, Romance

 

Obra de arte, una obra maestra cinematográfica vasta y densa, a la vez que transgresora, una de las piezas angulares en la revolución cinematográfica de los años 60.
Un film revolucionario que revoluciona, la sintaxis narrativa mediante la derogación de los códigos narrativos alterando la narración, centrándose más en el cómo les sucede a los personajes en vez de qué les pasa, la sintaxis visual mediante los perfectos encuadres paisajísticos y las largas y densas tomas ininterrumpidas.

El trasfondo del film es uno de los más complejos de toda la historia del séptimo arte: la incomunicación, vidas a la deriva, la búsqueda en sí mismo, las alineaciones modernas, la desesperación, la soledad, el vacío, la desolación la búsqueda de respuestas, las acciones inacabadas y mecánicas, las acciones absurdas, un renacimiento de ideas de verdaderas y falsas pasiones, la inseguridad de las relaciones, de los sentimientos, el alejamiento del ser humano respecto con las relaciones con el entorno… un trasfondo demoledor y denso sobre las relaciones humanas y la propia acción humana, y una retrospectiva sobre el pasado, el presente y el futuro de las acciones humanas.

Sin un clímax determinado, L’avventura de Antonioni precisa también con una dirección soberbia, propia de Antonioni, junto a una composición cadenciosa de los encuadres que desatan sensibilidad y belleza acompasado por unas interpretaciones memorables, sobre todo mi queridísima Monica Vitti, una excelente actriz que realiza un excelente papel, en su expresión de sentimientos interiores acondicionados a las circunstancias, y en los cambios de registro, simplemente espectacular, acaparando todos los posibles matices de un personaje incierto moralmente, desbordado, insatisfecho, que navega en la deriva en un mar de incertidumbre y belleza arrebatada a la vez que decadente.

La desaparición de Anna crea uno de los Macguffin más demoledores e imponentes de toda la historia del cine desde Ciudadano Kane del excelentísimo Orson Welles. Tal vez la desaparición de Anna era porque quería buscarse a sí misma, encontrarse, dejar esa vida acomodada que llevaba, o tal vez era la escusa para mostrarnos las acciones de los otros dos personajes, una excusa para relatarnos a la perfección los sentimientos, acciones y relaciones humanas en esta odisea cinematográfica.

Su fotografía es espectacular: muy pintoresca, nítida y movimientos muy suaves de cámara de una profundidad de campo envidiable y un magnífico uso de la luz y las sombras para exponer belleza o nostalgia, toda una delicia cinematográfica, cuyo poder visual remite a una odisea artística, con exteriores completamente naturales, como la isla, gran reflexión metafórica sobre el interior de los personajes (vacío, con zonas abiertamente escarpadas, golpeados por el oleaje), un lugar para perderse y no volver a encontrarse. Obra de exquisita belleza visual acompañada de una atmósfera etérea, desgarradora, incierta, de personajes movidos por las circunstancias hacia un futuro ignoto, de una acertadísima puesta en escena, movidos sin sentido. La acción narrativa de estructura circular respecto a las acciones se desenvuelve con una gran delicadeza y esmerada paciencia hacia la plenitud en el que el tiempo y el espacio son irrelevantes. Los silencios, los espacios vacíos son expuestos con emotividad. Un filme que roza la abstracción más deliberadamente bella, de una fuerza dramática asombrosa acompañado por un lirismo embriagador narrando la travesía interna reflejada en lo externo de dos ambigüos personajes.

Una película fascinante, bella, trágica, misteriosa, melancólica, poética, desconcertante, arrebatadora y perfecta con muchas preguntas sin resolver sobre el ser humano.
Una obra maestra del cine.

 

10

 

500px_5_estrellas

 

El silencio de un hombre (1967)

El silencio de un hombre

País: Francia

Año: 1967

Duración: 110 minutos

Director: Jean-Pierre Melville

Elenco: Alain Delon, Nathalie Delon, Caty Rosier

Género: Cine Negro, Thriller, Drama

 

Un hombre, frío y hierático, solitario caminando por las calles de París, ejerciendo como asesino a sueldo. Regido bajo el código samurái, ejecuta sus trabajos meticulosamente y sin reparos, habitando en su alcoba después de realizarlos (o antes) en un ambiente particular único, cargado de una atmósfera poderosa, pobremente decorado, en el que el único sonido es el cantar de su pájaro, y lo único visible es el humo emanado de su boca mientras apura tranquilamente su cigarro. Un lobo hermético y sosegado, meticuloso y audaz, vagando por ese universo de crimen.

Así presento, resumidamente, esta obra capital del Cine Polar Francés, la obra cumbre de Jean Pierre Melville, principal exponente de esta corriente. Esta obra es el resultado final de un esmerado y concienciado aislamiento formal por parte del autor; de perfección estética y excelencia formal. El cine de Melville llega a su cumbre con esta irreemplazable obra, cargada de un estilo único, exclusivo, de subyugante fuerza narrativa acompañada de un latente pero poderoso potencial dramático.

Un hombre acorralado, abocado a la destrucción, de una poderosa fuerza interna, de diálogo parco, dedicándose a observar, a apreciar, a decir única y exclusivamente de lo necesario, prescindiendo de lo gratuito. Los gestos, los movimientos, los pasos, los rostros son perfectamente retratados por Melville, cada mirada, cada expresión, como lo que emanan las imágenes, la fuerza que transmiten, de una exclusividad formal, de una austeridad formal. Melville prescinde de lo recargado, de cualquier atrezzo superfluo y del colorido, reducido, austero a la vez que poderoso. La precisión narrativa, así como el guión, son impecables, pese a la escasez de datos, expuesto únicamente lo necesario, enfocando con mayor relevancia el detalle visual, el gesto, que la acción en sí. La persecución policial en el mero y la coordinación que llevan a cabo para atrapar a Jef Costello es todo un paradigma de la inventiva y de la precisión cinematográfica, de la prosa narrativa reducido el texto a la mínima expresión.

Un film Neo Noir con toques a sabor clásico, fundamento base del Cine Polar Francés, a un ritmo contundente, reposado, en el que el trasfondo dramático, esa reminiscencia, se apodera del filme, hasta llegar a su culmen en el inevitable clímax.

Película de magnetismo vibrante, de fuerza inaudita, ambiguo hasta la irremediable abstracción que se traduce en una auténtica experiencia cinematográfica, ahondando en esta travesía la perfecta dirección y el potencial de los planos secuencias, reposados, y la sólida puesta en escena perfectamente encuadrada. La fotografía es exclusiva, rigurosa a la vez que atrayente, poderosa, acompañada de una música opulenta, una sinfonía que manifiesta los movimientos del samurái solitario, que describe el contexto que le rodea, añadiendo rigor y consistencia dramática.

La obra va adquiriendo intensidad, desde el primer minuto del metraje, fuerza inaudita; potencial asombroso y excitante recubierto de una fuerte alma etérea, una manifestación interna, un testamento fílmico único en la historia del cine, una pieza angular del cine, de potencial y rigor absoluto, una tragedia de un hombre en clave de cine negro. Un trasfondo dramático demoledor de un personaje abocado a la destrucción de impecable destreza.

Estilísticamente aprovechada al máximo, la obra se ve compuesta de una perfecta síntesis de encuadres que destilan pureza y sinceridad, una mirada lúcida reflejada a través del prisma de un tigre solitario, un hombre sereno y calculador, desplazándose la cámara para captar cada momento, cada instante de esta odisea, de este personaje encarnado por Alain Delon en uno de sus papeles memorables, en estado de gracia, volcado en los gestos, en el vigor interno del personaje, extrayendo el jugo de sus matices, de su profundidad, dando como resultado una interpretación sólida, eficaz y desgarradora. Las relaciones de Jeff Costello con sus conocidos, exclusivamente con la bellísima Nathalie Delon, es realmente desgarrada; Costello no ríe, no llora, solo ejecuta, toda la fuerza externa la manifiesta intrínsecamente (estén atentos a las escenas con Nathalie Delon), optando por el silencio y el hermetismo.

Todos los elementos se conforman para crear armonía, arte alineado y puro, calculados hasta la obsesión, arte que prescinde de recursos estilísticos comunes, que se conjuga y da como resultado una travesía artística del más alto nivel, sin muchos detalles argumentales.

Personajes tan austeros como redondos, en los cuales el espectador subjetivamente, deduce las causas de tal ambiguo comportamiento. Los elementos narrativos son escasos, con los cuales se monta la trama general, pero suficientes para desglosar una narrativa tan poderosa, tan contundente, de forma como de esencia. He ahí la transgresión de Melville, los detalles en prosa como visuales siguen un proceso de austeridad absoluta. En contraposición a la obra de 1946 “El sueño eterno” dirigida por Howard Hawks e interpretada por Humprey Bogart, la cual nos presenta un guión de lo más rocambolesco y saciado de datos, Melville prescinde de toda esta superficialidad y se dirige a la esencia, a lo estrictamente necesario, porque la narrativa compleja no tiene por qué poseer la mayor cantidad de detallas, sino fluir con pulso, rigor, coherencia y talento. La abstracción visual de los fotogramas prescindiendo de la excesiva saturación de colores en una dirección perfecta, la abstracción narrativa prescindiendo del excedente argumental; toda esta apreciación, este magnífico ejercicio, lo realiza Melville en la mayor gracia, en la más irremediable cumbre. La fuerza etérea que envuelve la obra durante todo su transcurso como la atmósfera la consigue Melville convirtiéndolo en un mito, en alma sin grandes retazos estilísticos. Film atemporal, magnífico ejercicio de experimentación formal, dentro de unos cánones; en la cual se ve la influencia, tangencial sin duda, de la Nouvelle Vague francesa y la revolución cinematográfica de los años 60.

 

Obra de arte, una experiencia irreemplazable, una obra que se te queda grabada en la retina para la eternidad, un ritual artístico.

 

10

500px_5_estrellas

El nadador (1968)

El_nadador-815554649-largePaís: EEUU

Año: 1968

Duración: 92 minutos

Director: Frank Perry

Elenco: Burt Lancaster, Janice Rule, Janet Landgard

Género: Drama

Obra de arte singular y compleja. Desgarrador y profundo filme que ahonda en el sentido de la existencia, la vida en sí y sus sinsentidos, hipocresías, mentiras; todo a través de un hombre, Ned Merrill.

Una película compleja, de belleza visual exquisita, de brillante fotografía, que encuadra el entorno natural de manera brillante, naturalista, creando una poesía visual armoniosa y sincera. Encuadres oníricos, de curiosas sombras y resplandeciente claridad en los que se puede palpar en primer plano toda la pureza y magnanimidad de la naturaleza, toda esa pureza metafísica que emanan hasta los más singulares bosques; y ese contexto que alberga a un hombre, a Ned Merrill paseando tras esos frondosos bosques en soledad y en compañía, una magnífica metáfora del hombre y el paso del tiempo.

Un film de interpretaciones memorables, como el magnífico Burt Lancaster, en un papel complejo dotado de una brillante interpretación y caracterización de un personaje cargado de numerosos matices y expresiones; la bellísima Janice Rule en un papel clave para el desenvolvimiento de la trama, con una muy sobresaliente interpretación, de profundos gestos y sentimientos rescatados del olvido. Los dos están magníficos, en una interpretación con muchísimo rigor y porte, una manera de empatizar con el personaje sorprendentemente magnífica, a la vez que empatiza el espectador con él.

Película llena de gestos, sentimientos olvidados y reprimidos, ideas falsas, movimientos, apariencias y realidades, luces y sombras. Profunda metáfora, con innumerables lecturas, acerca de la existencia, del sentido de la vida, la vida misma, sus mentiras e hipocresías, los sentimientos fingidos, las dobles morales, los engaños.

Un poético estudio sobre el paso del tiempo, la ilusión de la vida, la muerte, la plenitud y la decadencia; y del futuro ignoto que permanece latente, inevitable, hasta llegar al fin, que es la muerte.

Gran película de profundidad e intensidad dramática, que se enriquece al poseer numerosas interpretaciones (como he mencionado previamente), y de final como uno de los más desgarradores y contundentes jamás vistos, así como extraño y ambiguo, de clímax intenso y desgarrador.

No pudiendo extraer las distintas lecturas, debido a que se podría torpemente destripar el final, puedo comentar, que es, ante todo, un film filosófico y humano, que ahonda en la metafísica de la existencia, en un guión muy bien hilado y estructurado, así como libremente narrado.

Este magnífico film, sin embargo, se desconoce en gran parte por el fracaso que obtuvo. Rodada en 1966 y no editada hasta 1968, el film estuvo durante dos años sin saber qué hacer con la película por parte del cineasta.

Magnífico montaje y superposición de planos para conseguir un efecto poético de gran calibre. Uso brillante de la cámara lenta para hallar la plenitud y la belleza, del cinema verité, del plano subjetivo y la cámara en mano para mostrar realismo y variedad estilística, del plano indirecto y la cámara a través del agua para conseguir riqueza cinematográfica y belleza. Lo único que no me convenció fue el reiterado uso de la cámara lenta en la escena del ruedo de caballo, siendo aun así mínimo, considerando por ende que se debió filmar en cámara lenta en su justa medida.

El film fluye como el agua a través de los ríos; es una experiencia inolvidable, de escenas singulares y antológicas, como la escena en la que Burt Lancaster se encuentra al niño joven en una de las piscinas, una escena tan extraña como poética.

Una historia sencilla y diálogos sencillos para un final y un trasfondo demoledor. Un film aparentemente sencillo que guarda en sí un hondo mensaje.

Nos muestran la sencillez de la vida para ahondar, en contraposición, la profunda complejidad de la misma.

Del calor al frío, de la seguridad al miedo, de la plenitud a la decadencia, de la felicidad a la verdadera infelicidad.

La familia, el deber, la amistad, los amores pasados se conjugan y se añaden a este filme para concederle una aun mayor exquisita riqueza y una impoluta precisión.

Film con ritmo y alma, entretenido ante todo y sencillo de digerir (aun albergando este profundo trasfondo). Una película que puede permitirse el prescindir de espacio y tiempo, solo llenándose de experiencia, circunstancia, que ahonda en lo más intrínseco del ser.

Y después de visionarlo pensé en esta vida, en la magnífica y bellísima Janice Rule falleció desgraciadamente en el 2003 (por tumor cerebral) y el legendario Burt Lancaster, también fallecido. Y ya no están, en este mundo, pero así es la vida.

“… y parece que hace solo un minuto noto el olor de la hierba; pasa todo tan deprisa, todo el mundo crece y luego, todos hemos de morir; eso es absurdo, ¿no crees?” Cita Ned Merrill (Burt Lancaster), a lo que le contesta sincera y pausadamente su ex amante (Janice Rule): “A veces sí”

Arte en estado puro, obra de arte.

10

500px_5_estrellas

Sanjuro (1962)

Sanjuro

País: Japón

Año: 1962

Duración: 95 minutos.

Director: Akira Kurosawa

Elenco: Toshiro Mifune, Tatsuya Nakadai, Takashi Shimura, Yoshio Inaba, Seiji Miyaguchi.

Género: Acción, Aventuras, Drama

 

Brillante, se me hace imposible transmitir más pasión y más admiración y amor a mi cineasta favorito. Me la ví en junio del año pasado y me pareció una muy buena película, me la he volví a ver este pasado agosto con la grata sorpresa de ver esta obraza maestra, eso sí, para mí, no a la altura de Yojimbo.

Obra maestra absoluta, película vasta e inmensa. Un conjunto de samuráis están decididos a acabar con la corrupción reinante, a quienes se les une un samurái que va por libre (Toshiro Mifune). Magnífica ambientación y puesta en escena arrolladora de coreografías y dirección de los actores maravillosa, con una dirección otra vez excelente y talentosa de Akira Kurosawa, con un uso de la cámara magnífico (los travellings, las grúas, los breves planos secuencias) y la maravillosa fotografía en blanco y negro destacando el uso de la profundidad de campo y las sombras en cada encuadre.
Visualmente fascinante, de potencial plástico abominable, cada encuadre, de una perfección y un porte desgarrador.
Filme de potencial narrativo asombroso, y de guión milimétrico y ajustado; todo a ello de ritmo trepidante y ambicioso.
Y de trasfondo, como siempre en Kurosawa, un mensaje de doble fondo humanista, reflexivo (esta vez de menor intensidad pero se mantiene), como la serenidad y el uso de la astucia y la inteligencia, en vez de los impulsos y la violencia desmesurada para un fin, también la confianza del ser humano con los humanos en sí (me recuerda en su modo, a la brillante “Rashomon”), y la unión de un conjunto para conseguir la verdad y la justicia.
Aparte del latente pero permanente trasfondo dramático, un film magnífico de Acción y Aventuras, trepidante y emocionante en una época resplandeciente para el séptimo arte. Además, posee matices cómicos en muchos diálogos, que corresponden a Tsubaki Sanjuro (Mifune), que enriquecen el filme. Película de grandes interpretaciones, principalmente del legendario Toshiro Mifune y también de los grandísimos Takashi Shimura y Tatsuya Nakadai, para mí tres de los mejores actores de toda la historia del séptimo arte. Protagonista cargado de matices y características, notándose en sus expresiones y gestos.

Una película excelente, maravillosa, estimulante, del mejor cineasta de la historia.

10

 

500px_5_estrellas

La noche (1961)

La_Notte_Source_ioncinema.com_.jpgPaís: Italia

Año: 1961

Duración: 120 minutos.

Director: Michelangelo Antonioni

Elenco: Jeanne Moreau, Marcello Mastroianni, Monica Vitti.

Género: Drama, Romance.

 

Apasionado y triste relato de dos almas incomunicadas y distantes que guardan una relación conyugal. Antonioni filma a la perfección una de las obras más poéticas, melancólicas, filosóficas, bellas y desgarradoras realizadas en la historia del cine.

La historia de un matrimonio joven que atraviesa una larga crisis de pareja, en la que abunda la incomunicación y el distanciamiento, realzando la monotonía y la crisis existencial.

Desgarrada obra maestra de un cineasta inolvidable y excepcional, como lo fue el poético, talentoso y culto director Michelangelo Antonioni.

Grandiosa dirección, con esas magníficas tomas largas de Antonioni, de encuadres grandiosos, pausados, realmente bellos, en esa magnífica fotografía en blanco y negro, de sombras eternas, de rostros marcados por los claroscuros, enfocando pura y precisamente para enfatizar sus sentimientos y contextos por la profundidad de campo. Y esa dirección de los actores y todo el elenco, grandiosa, las fiestas, las reuniones, encuadrándolas a la perfección, todo ello a un ritmo lento, reposado, sereno, como los juncos cuando los azota levemente la brisa cerca del río en el crepúsculo del verano.

A todo este conjunto se le unen las cuidadísimas interpretaciones de la consagrada Jeanne Moreau, como esposa del escritor, Marcello Mastroianni, como el escritor, y la magnífica Monica Vitti, musa de Antonioni. Interpretaciones pausadas, cargadas de silencios y gestos, en el que la introspección se apodera del filme, de acciones y movimientos interminables. Estos tres magníficos actores entablan, como personajes, un desolador triángulo amoroso en esta compleja película.

Los espacios vacíos, la distancia, el silencio, el paso del tiempo, los recuerdos… se funden en una catarata de emociones y sentimientos inolvidables, todo ello en una fuerza visual y un reposado talante narrativo llegando a la cumbre de la belleza artística, de un reposado lirismo. Los impulsos sentimentales conllevan a dichos personajes hacia la inevitable desesperación, y a la irremediable divergencia de su relación. Con una suavidad y una belleza plástica fabulosa.

Antonioni vuelve a marcar esos silencios inmortales y esas miradas perdidas, con planos inolvidables, en la que la representación artística y la puesta en escena juegan un papel fundamental.

Con guión otra vez de estructura y forma transgresora, Michelangelo vuelve a poner en primerísimo primer plano las circunstancias del tiempo y no de la propia acción narrativa en sí, recreando el cómo les sucede a los personajes en vez de el qué les sucede. Narrado con un trasfondo que engrandece el alma, Antonioni vuelve a demostrar todo su talento cinematográfico y poético en una época espléndida para el séptimo arte.

A destacar el indeleble clímax, la cumbre, el punto álgido de culminación, no solo cinematográfica sino poética, del film. Bellísimo, uno de los mayores y realmente grandes apogeos jamás filmados.

En conclusión, un film bello, poético, melancólico y triste; obra maestra de la cinematografía, un drama romántico mítico y desgarrador, en una década legendaria y fructífera para el séptimo arte, en un año cargado de obras maestras y grandes películas románticas. Una de mis 20 películas favoritas.

10

500px_5_estrellas

 

El año pasado en Marienbad (1961)

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País: Francia

Año: 1961

Duración: 95 minutos.

Director: Alain Resnais

Elenco: Delphine Seyrig, Giorgio Albertazzi, Sacha Pitoeff.

Género: Drama, Intriga, Romance.

¿Qué es el séptimo arte? ¿Por qué se denomina así? ¿Por qué es un arte? Para responder a estas preguntas simplemente hay que poner ejemplos de películas, no definirlo con palabras, sino con ejemplos de películas. Filmes, obras cinematográficas que definen porqué el cine es un arte, y hasta dónde puede llegar. “El año pasado en Marienbad” es un claro ejemplo de arte puro, de belleza extraña y arrebatada, una de mis tres películas favoritas.

Perfecta obra maestra del séptimo arte, una auténtica obra capital de la Nouvelle Vague en su apogeo, de una perfección y una belleza cinematográfica casi imposible de conseguir. Alain Resnais juega con el espacio y el tiempo, conjugándolos y distorsionándolos de una manera que llega a la más pura abstracción. Planos de belleza infinita, de absoluta perfección cinematográfica, a la mayor belleza visual y a la capacidad del séptimo arte de emocionar hasta llegar al más arrebatado paroxismo. Todo ello en una estructura narrativa de perfección experimental, jugando con los flashbacks y las ensoñaciones, extrayendo del surrealismo lo más bello y puro.

Dos personajes movidos por un contexto bello, barroco y extraño (que se alinea con la experimentación perfecta del espacio y el tiempo), en el que el tiempo cinematográfico muchas veces los detiene y juega con ellos. Personajes llevados por su propio destino y por sus sentimientos hacia la mayor cumbre del arte, hacia la mayor expresión de lenguaje cinematográfico, hacia cumbres ignotas hacia túneles, puertas y zonas nunca llegadas.

Resnais explora el paso del tiempo, la memoria, la fugacidad de la vida y la pureza del amor de una manera fascinante, con esa perfecta dirección y fotografía, de perfectas sombras, de un uso talentoso de la profundidad de campo y los travellings, en el que la exploración visual llega a su más absoluto excelso nivel, en el que la brillantez de sus encuadres y su perfecta composición de los mismos hace a uno llegar a notar la más absoluta plenitud cinematográfica. En un ritmo lento, pausado, como una odisea hacia al Olimpo, en una barca que llega a la costa azotada levemente por el oleaje. Un hotel barroco donde no se nota el paso del tiempo (barroco, recargado y complejo, como el filme), donde el tiempo parece que se para y no atiende a ninguna razón física, solo a una travesía, a una fase, que se repite cada año, cada instante. Y los protagonistas fantásticos, Delphine Seyrig en un papel memorable, extraño; sin duda un mito. Giorgio Albertazzi llega también a la cumbre, encarnando a un personaje que persuade a A (Delphine Seyrig), para deje a su marido y  se fuguen para siempre, pero que ella le hace una promesa de que al año siguiente lo harán… pero no recuerda ella ese momento al transcurso de un año. Una de las películas más desconcertantes y misteriosas que se pueden visionar, todo ello transcurrido en un hotel barroco, todo el filme en ese grandioso hotel.

Una de las películas que más me emocionan, me sorprenden, me conmueven y me apasionan. No puede haber más palabras para definirla, únicamente visionar esta auténtica obra maestra del séptimo arte, en la cumbre del más allá de la perfección y la belleza, en todo su esplendor en una época cumbre del séptimo arte, como son los 60, cargado de cine complejo, bello, fascinante, filosófico y transgresor, toda una obra de arte, cuando el cine era CINE.

10

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