Cine Negro

Tener y no tener

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País: Estados Unidos

Año: 1944

Duración: 98 minutos

Director: Howard Hawks

Elenco: Humprey Bogart, Lauren Bacall, Walter Brennan

Género: Thriller, Intriga, Drama, Cine Negro

 

Clásico fundamental que supuso el debut de una jovencísima Lauren Bacall que contaba con 19 años junto, por primera vez, a Humprey Bogart, de 44 años, siendo el inicio de una pareja fundamental en la Historia del Cine, característica a causa de la excelente química que poseía dentro y fuera de la gran pantalla que se tradujo en un matrimonio que comprendió desde 1944 hasta 1957, año el que falleció Bogart a causa de un fatal cáncer. Hawks supo aprovechar esta magnífica química para dotar a la obra de una sensualidad latente y una portentosa verosimilitud interpretativa.

Hawks apostó con el magnífico escritor Ernest Hemingway sobre la posibilidad de realizar una de sus mejores obras cinematográficas con una de sus peores novelas. Eso sí, con unas cuantas modificaciones. Para ello, puso a su disposición a dos grandes guionistas: William Faulkner y Jules Furhtam.

La obra se desarrolla en plena II Guerra Mundial cuatro años antes respecto al año de filmación de la película, es decir, en 1940. ¿Dónde? En la Martinica, isla colonizada por los franceses supeditada bajo el régimen marioneta de Vichy tras la caída de Francia.

Se trata de una obra en la que la coyuntura del momento la ha favorecido, similar a Casablanca. Me resulta apropiado comentar sobre Casablanca a causa de las similitudes existentes entre ambas: se desarrollan en la misma época, el contexto es parecido, el actor principal es el mismo y su estancia en dicho lugar pretende ser temporal, Francia aparece en la obra ya sea por referencia sobre la procedencia de la Resistencia o por recuerdos emanados por el protagonista. Aparte de muchas otras similitudes, lo citado se debe a que la Warner estaba deseosa de multiplicar los beneficios (propio de las productoras americanas) que había producido Casablanca. Pese a esta desleal premisa, la obra, como he citado al principio, es un gran clásico, pero no una obra maestra.

La presencia de estos grandes guionistas hace que la obra posea unos diálogos excelentes: irónicos, mordaces, con doble sentido; emanados de la boca de unos actores que realizan una memorable interpretación, tanto personajes principales como secundarios. Destaca un gran cuidado de la estética en cada encuadre, posible gracias a una excelente puesta en escena y a una fotografía marcada por profundos claroscuros y una interesante profundidad de campo. Cada posición del actor refuerza la carga semántica del encuadre, tanto la palpable como la que subyace, así como los gestos.          Es imposible olvidar a Lauren Bacall encendiendo un cigarrillo sutilmente mirando fijamente a Humprey Bogart con esa mirada felina, en escenas que transmiten una sensualidad muy marcada en las que cada gesto manifiesta claramente los deseos de cada personaje a través de  miradas sutiles o frases pronunciadas bajo el humo de un cigarrillo tranquilamente apurado.

Destaca el gran guión en una no tan excelsa profundidad narrativa. La composición estética del encuadre refuerza la capacidad de sugerencia de la obra, así como un testigo mudo de las intenciones de los personajes, en escenas en las que Bogart y Bacall conversan en la habitación oscura donde la claridad se vislumbra a través de las franjas horizontales entre los huecos de la persiana por un sol que palidece. Frases antológicas como: “Conmigo no tienes que fingir, no tienes que hacer nada en absoluto, tan solo silbar. ¿Sabes silbar no? Tienes que juntar los labios y soplar.” pronunciadas bajo una sutil y subyugante Lauren Bacall; reflejan la gran capacidad de sugerencia de la obra.

Dentro del trasfondo de la obra cabe destacar la reflexión, en el fondo, sobre la condición humana y la integridad frente a unos ideales. Humprey Bogart (cuyo personaje es Harry) se presenta neutral en la guerra y se niega en un principio a colaborar junto a la Resistencia francesa que representa los ideales de libertad y justicia frente a la barbarie dictatorial, así como al Régimen de Vichy supeditado bajo directrices nacionalsocialistas.

A lo largo de la obra, la posición del protagonista se va modificando y se ve obligado o abocado a colaborar finalmente con la Resistencia, llevando a miembros que la representan con su pequeño barco a la Martinica. Las causas pueden tender a la interpretación: por dinero, necesario para ayudar tanto a Lauren Bacall como a él para salir de la isla; por apuros económicos; por humanismo acrecentado a causa de empatizar con ellos en situaciones clave (la operación quirúrgica que se ve obligado a practicar); por repulsa hacia el Régimen de Vichy… Estas numerosas causas se pueden dar en conjunto incluso, mientras el espectador se ve obligado a interpretar cada situación y cada gesto para dilucidar el porqué, gracias a una psicología del personaje bastante compleja.               Bogart representa en un principio el individualismo moderado, el realismo pragmático (en contraposición a la Resistencia que representa el colectivismo y el idealismo), labrándose su día a día sin recibir ayuda de nadie por decisión propia, sin estar ni sujeto ni depender de nadie. La escena fundamental que resume esta naturaleza es cuando insta a Bacall, en una de sus conversaciones en la habitación, a que se dé una vuelta alrededor suyo preguntándola a posteriori si ve algo, a lo que le responde: “No” (no quiero desvelar más para no estropear), así como la escena del dinero (que también lo dejo). La sensibilidad del personaje que encarna Bogart se advierte también en la relación con su compañero de barco, interpretado por el actor secundario Walter Brennan, un marinero alcohólico de buen corazón. Bogart dispuesto a socorrerle o protegerle en cualquier situación (cuando se dirige Harry a traer a miembros de la Resistencia o en diálogos con doble fondo como en la escena inicial en la que al cliente moroso le dice: “Era un buen marinero antes de darse a la bebida”, causa por la cual podría prescindir de él ante su ineficacia.

Bacall representa a una joven mujer cuyo destino le ha llevado a hospedarse en la isla de manera temporal, deseosa de marcharse cuando reúna la suficiente cantidad de dinero. La presencia de ambos modifica recíprocamente sus expectativas.

La escena del barco adentrándose en el mar a través de la niebla representa tanto la excelente atmósfera que envuelve algunas escenas como la capacidad cinematográfica del cineasta, que es capaz de sugerir por medio de bastantes encuadres el contexto tal como si estuviéramos físicamente allí, como si la niebla nos atravesara el rostro en la inhóspita noche. Cada encuadre evidencia las posibilidades expresivas de un arte donde no es en absoluto suficiente encuadrar aleatoriamente, sino que la propia composición determina la voluntad expresiva del autor, supeditada bajo un anhelo conceptual obligatoriamente presente en el artista, en el que el hecho de transmitir una idea a través de un vehículo compuesto por unas características expresivas que, si se corresponden con las expectativas (tanto ignotas como conocidas), éste deleite la obra. Es decir, que debe existir una armonía entre la idea y la forma de expresarla que a posteriori deleite al espectador en la condición de que corresponda con sus pretensiones.

Remarco, por ello, los magníficos plano-escena presentado muchas veces por travellings que lo que hacen es aumentar el espacio visual de la escena aunando a bastantes personajes bien posicionados, en vez de realizar dos planos como por ejemplo plano- contraplano o viceversa (como en la introducción de Vivir su vida de Godard) Luego si ese encuadre determina asimismo la capacidad expresiva de la obra, se debe encontrar el encuadre necesario, acorde a las ideas del cineasta. Esta tarea la realiza excelentemente Hawks en numerosas ocasiones, algunas de ellas citadas.

Pese a estas grandes cualidades, advierto en la obra una falta de intensidad dramática y rítmica que me imposibilita a considerarla una obra maestra.

Concluyo con citar el buen trabajo de la banda sonora y de las canciones compuestas por el pianista en el local, parecido al Rick’s café de Casablanca, junto a Bacall.

Un clásico satisfactorio cuyo final ambiguo es la metáfora sobre la incertidumbre del destino y la propia ambigüedad del comportamiento y los ideales. También ambiguo por el tono irónico a causa de las diferencias existentes entre tono y fondo.

9

 

4.5_estrellas

El silencio de un hombre (1967)

El silencio de un hombre

País: Francia

Año: 1967

Duración: 110 minutos

Director: Jean-Pierre Melville

Elenco: Alain Delon, Nathalie Delon, Caty Rosier

Género: Cine Negro, Thriller, Drama

 

Un hombre, frío y hierático, solitario caminando por las calles de París, ejerciendo como asesino a sueldo. Regido bajo el código samurái, ejecuta sus trabajos meticulosamente y sin reparos, habitando en su alcoba después de realizarlos (o antes) en un ambiente particular único, cargado de una atmósfera poderosa, pobremente decorado, en el que el único sonido es el cantar de su pájaro, y lo único visible es el humo emanado de su boca mientras apura tranquilamente su cigarro. Un lobo hermético y sosegado, meticuloso y audaz, vagando por ese universo de crimen.

Así presento, resumidamente, esta obra capital del Cine Polar Francés, la obra cumbre de Jean Pierre Melville, principal exponente de esta corriente. Esta obra es el resultado final de un esmerado y concienciado aislamiento formal por parte del autor; de perfección estética y excelencia formal. El cine de Melville llega a su cumbre con esta irreemplazable obra, cargada de un estilo único, exclusivo, de subyugante fuerza narrativa acompañada de un latente pero poderoso potencial dramático.

Un hombre acorralado, abocado a la destrucción, de una poderosa fuerza interna, de diálogo parco, dedicándose a observar, a apreciar, a decir única y exclusivamente de lo necesario, prescindiendo de lo gratuito. Los gestos, los movimientos, los pasos, los rostros son perfectamente retratados por Melville, cada mirada, cada expresión, como lo que emanan las imágenes, la fuerza que transmiten, de una exclusividad formal, de una austeridad formal. Melville prescinde de lo recargado, de cualquier atrezzo superfluo y del colorido, reducido, austero a la vez que poderoso. La precisión narrativa, así como el guión, son impecables, pese a la escasez de datos, expuesto únicamente lo necesario, enfocando con mayor relevancia el detalle visual, el gesto, que la acción en sí. La persecución policial en el mero y la coordinación que llevan a cabo para atrapar a Jef Costello es todo un paradigma de la inventiva y de la precisión cinematográfica, de la prosa narrativa reducido el texto a la mínima expresión.

Un film Neo Noir con toques a sabor clásico, fundamento base del Cine Polar Francés, a un ritmo contundente, reposado, en el que el trasfondo dramático, esa reminiscencia, se apodera del filme, hasta llegar a su culmen en el inevitable clímax.

Película de magnetismo vibrante, de fuerza inaudita, ambiguo hasta la irremediable abstracción que se traduce en una auténtica experiencia cinematográfica, ahondando en esta travesía la perfecta dirección y el potencial de los planos secuencias, reposados, y la sólida puesta en escena perfectamente encuadrada. La fotografía es exclusiva, rigurosa a la vez que atrayente, poderosa, acompañada de una música opulenta, una sinfonía que manifiesta los movimientos del samurái solitario, que describe el contexto que le rodea, añadiendo rigor y consistencia dramática.

La obra va adquiriendo intensidad, desde el primer minuto del metraje, fuerza inaudita; potencial asombroso y excitante recubierto de una fuerte alma etérea, una manifestación interna, un testamento fílmico único en la historia del cine, una pieza angular del cine, de potencial y rigor absoluto, una tragedia de un hombre en clave de cine negro. Un trasfondo dramático demoledor de un personaje abocado a la destrucción de impecable destreza.

Estilísticamente aprovechada al máximo, la obra se ve compuesta de una perfecta síntesis de encuadres que destilan pureza y sinceridad, una mirada lúcida reflejada a través del prisma de un tigre solitario, un hombre sereno y calculador, desplazándose la cámara para captar cada momento, cada instante de esta odisea, de este personaje encarnado por Alain Delon en uno de sus papeles memorables, en estado de gracia, volcado en los gestos, en el vigor interno del personaje, extrayendo el jugo de sus matices, de su profundidad, dando como resultado una interpretación sólida, eficaz y desgarradora. Las relaciones de Jeff Costello con sus conocidos, exclusivamente con la bellísima Nathalie Delon, es realmente desgarrada; Costello no ríe, no llora, solo ejecuta, toda la fuerza externa la manifiesta intrínsecamente (estén atentos a las escenas con Nathalie Delon), optando por el silencio y el hermetismo.

Todos los elementos se conforman para crear armonía, arte alineado y puro, calculados hasta la obsesión, arte que prescinde de recursos estilísticos comunes, que se conjuga y da como resultado una travesía artística del más alto nivel, sin muchos detalles argumentales.

Personajes tan austeros como redondos, en los cuales el espectador subjetivamente, deduce las causas de tal ambiguo comportamiento. Los elementos narrativos son escasos, con los cuales se monta la trama general, pero suficientes para desglosar una narrativa tan poderosa, tan contundente, de forma como de esencia. He ahí la transgresión de Melville, los detalles en prosa como visuales siguen un proceso de austeridad absoluta. En contraposición a la obra de 1946 “El sueño eterno” dirigida por Howard Hawks e interpretada por Humprey Bogart, la cual nos presenta un guión de lo más rocambolesco y saciado de datos, Melville prescinde de toda esta superficialidad y se dirige a la esencia, a lo estrictamente necesario, porque la narrativa compleja no tiene por qué poseer la mayor cantidad de detallas, sino fluir con pulso, rigor, coherencia y talento. La abstracción visual de los fotogramas prescindiendo de la excesiva saturación de colores en una dirección perfecta, la abstracción narrativa prescindiendo del excedente argumental; toda esta apreciación, este magnífico ejercicio, lo realiza Melville en la mayor gracia, en la más irremediable cumbre. La fuerza etérea que envuelve la obra durante todo su transcurso como la atmósfera la consigue Melville convirtiéndolo en un mito, en alma sin grandes retazos estilísticos. Film atemporal, magnífico ejercicio de experimentación formal, dentro de unos cánones; en la cual se ve la influencia, tangencial sin duda, de la Nouvelle Vague francesa y la revolución cinematográfica de los años 60.

 

Obra de arte, una experiencia irreemplazable, una obra que se te queda grabada en la retina para la eternidad, un ritual artístico.

 

10

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Los peces rojos (1955)

 

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País: España

Año: 1955

Duración: 100 minutos

Director: José Nieves Conde

Elenco: Arturo de Córdova, Emma Pennella

Género: Cine Negro, Intriga, Drama

 

Existen obras espléndidas que ponen de manifiesto el enorme potencial de nuestro cine. Un ejemplo paradigmático de este cine, a la vez que injustamente desconocido, es la obra que voy a criticar: Los peces Rojos. “Los peces rojos”, junto a la maravillosa “Muerte de un ciclista” del talentoso cineasta Juan Antonio Bardem, componen dos obras irremplazables del cine español que poseen contables similitudes, siendo el género de Cine Negro. En una época en la que la censura franquista ponía límites a la expresión, los cineastas transgresores como Bardem o Conde se saltaban sutilmente estas restricciones arriesgándose a que se la vetaran. Esta película se adentra en un mundo puramente noir de matices psicológicos nunca visto en el cine español, con una estructura narrativa compleja y subyugante.

Obra maestra del Cine Negro mundial. Obra de guión milimétrico y muy bien tejido, complejo y de curiosos recovecos, entresijos, giros, falsas verdades y características narrativas; a la vez que de un portentoso y contundente desarrollo narrativo que se desenvuelve con la más absoluta grandeza. Dirección con muchísimo rigor y porte, e interpretaciones sublimes y convincentes, las cuales aportan una mayor complejidad y verosimilitud a la obra. No tiene nada que envidiar a un film de cine negro americano.

 

Este film es un hito del cine y una cumbre en nuestro cine: narrada impecablemente mediante inteligentísimos y rigurosos flash backs usando de intermediario entre el recurso y el presente ficticio la filmación del fuerte oleaje que azota la costa como la descomposición psicológica que sufren los personajes; así con esa estructura narrativa muy elaborada, mezclando tiempos presentes y pasados por el mecanismo previamente narrado, envuelto el film por una atmósfera inquietante, a la vez que trágica con una capacidad subyugante, de un magnetismo vibrante, eléctrico que hace sumergirse en los recovecos de la trama, del propio contexto, e incluso de los estados psicológicos de los personajes. La maravillosa fotografía en blanco y negro, la cuidadosa y esmerada dirección, la exhaustiva precisión a cualquier detalle, la eficaz y contundente puesta en escena redondea una obra maestra desconocida. Fotografía oscura y de profundos claroscuros propia del mejor film noir, con un bizarro uso de la cámara, como el empleo de planos inclinados, planos secuencia muy bien acompasados y organizados y travellings muy acertados. No existe ningún plano que no justifique el poderoso avance de la acción narrativa en sí, todo está filmado con esmero y paciencia, tanto esa estilizada dirección como esas soberbias interpretaciones con la colaboración de reputados profesionales como Arturo de Córdova (trabajó con Buñuel en “Él” (1952)) o la jovencísima Emma Penella en uno de sus primeros papeles protagonistas. (“El verdugo” (1963), “La busca” (1966), “Fedra” (1956)). José Nieves Conde crea esa atmósfera con la compleja interpretación de Arturo de Córdova, convincente, eficaz, difícil de encarnar.

La meticulosidad y la complejidad describen a esta obra de inherente capacidad visual y narrativa en un ambiente trágico, bizarro cargado de matices, film poseedor de diálogos ingeniosos, sagaces y contundentes, a la vez que expresivos e inteligentes, con un toque transgresor y reivindicativo (presten atención a la escena con el editor y el protagonista escritor); de un trasfondo un tanto ambiguo acompañado durante todo el metraje por un ritmo incesante y agudo, asociado a una tensión que se dirige in crescendo hasta el inevitable y revelador clímax, a la vez que se van incorporando nuevos matices y complejidades argumentales, mientras el desarrollo narrativo se expone inexorablemente. La atracción visual de los encuadres es una maravilla, como la fuerza narrativa y a la vez dramática henchida de una carga psicológica formidable. Las calles solitarias, los espacios vacíos, la incertidumbre, el paso del tiempo hacia la inevitable resolución de los conflictos, las verdades a medias, la autodestrucción formal, la realidad y ficción combinadas con la desestructuración psicológica, la dualidad del ser y el materialismo; se conjuga toda esta temática para crear un excelente cóctel de cine negro compuesto de un excelente vehículo que ha hecho posible la creación de esta gran obra. Pistas que no son, verdades incompletas, lo que parece ser y lo que en realidad es, los giros, recovecos, túneles, indicios, todos estos recursos que conforman parte de la narración tan rocambolesca y a la vez perfecta y palpable se conjugan, se interrelacionan para dar paso a este prodigio cinematográfico. Ahondando sin tapujos en las intrínsecas supuestamente ignotas cualidades y profundidades de connotación psicológica del protagonista, los remordimientos, los deseos, la conciencia, los anhelos.

 

Un film desasosegante, una película transgresora y militante, arriesgada y audaz, que marca una cima, una cumbre, en el cine español y mundial, porque una obra maestra no lo es únicamente dentro de su nacionalidad.

 

10

 

500px_5_estrellas

 

 

 

 

Los canallas duermen en paz (1960)

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País: Japón

Año: 1960

Duración: 153 minutos

Director: Akira Kurosawa

Elenco: Toshiro Mifune, Takashi shimura

Género: Drama, cine negro, thriller

Hay cineastas que han conseguido una obra maestra (que ya es mucho, no está al alcance de cualquiera), dos e incluso tres (que ya es excepcional y maravilloso), pero hay otros que han conseguido más de tres, e incluso más de cinco. Este es el caso del mítico Akira Kurosawa, mi cineasta favorito y el uno de los tres mejores de todos los tiempos. Con esta película van ya… nada más y nada menos que ocho obras maestras.

Aparte de un ejercicio sobresaliente de suspense, tensión y potencia narrativa, es un profundo ejercicio dramático en el que Mifune se lleva el grandísimo protagonismo, vaya interpretación, de 10. Corrupción, especulación urbanística, chantaje, violencia y venganza se juntan en este apasionado filme, en el que Kurosawa, con su habitual maestría y perfección cinematográfica combina por un lado, la trama general del filme (con su excelso hilo argumental (estén atentos a cada detalle), con el profundo análisis psicológico y dramático de los personajes, principalmente de Mifune. El honor, el dilema moral, la ética y la familia enriquecen aún más esta compleja película, caracterizando sobresalientemente a los personajes, y a veces poniendo más matices a la trama; y el desgarrado poder humanista, con escenas antológicas y abrumadoras, antológicas, de una atmósfera sobrecogedora, de encuadres de suma belleza y cargados de símbolos. Es un film que te mantiene con tensión a un ritmo fantástico, unas veces frenético, y otras veces pausado, sobre todo si se trata sobre diálogos con análisis retrospectivo e íntimo. Y qué decir de la dirección de Kurosawa, pues como siempre, impecable, toda una maravilla, con esos travellings retro, y esa presentación de contextos con una composición de planos del más alto nivel, y sus famosísimos barridos en algunas escenas. Todo con una gran atracción visual en la que uno no deja de mantenerse atento al más mínimo detalle, y sobre todo una venganza muy peculiar, en una maravillosa fotografía e intensa puesta en la escena, característico de las películas de Kurosawa. Todo esto con un trasfondo social que te da a reflexionar, sobre el cuarto poder, sobre la presión de las grandes compañías, sobre el exceso de poder, sobre la megalomanía y la ambición exacerbada por mantener el poder, aparte del nepotismo y el enchufismo, impresionante. Lo que les sorprenderá también es que el grandioso Takashi Shimura hace un papel de “malo” en el filme, no habitual en él.

Sin duda una película excelente y mítica. Pues otro diez para Kurosawa.

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