Compromiso sociopolítico

Harry el sucio

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País: EEUU

Año: 1971

Duración: 100 minutos

Director: Don Siegel

Elenco: Clint Eastwood, Harry Guardino, John Vernon, Andrew Robinson, Reni Santoni.

Género: Thriller, Acción, Drama

 

PRELUDIO

¿Qué ha estado sucediendo para que yo estuviera tanto tiempo sin apreciar este clásico moderno del Thriller Policíaco de los años 70? De nuevo, las expectativas se han cumplido tras indagar en una obra tan sólida, certera y desesperadamente pesimista. Siegel, de nuevo en colaboración con Eastwood, elabora artesanalmente (oficio que tras la última revolución tecnológica cayó en picado) una obra artística que se integra dentro de la renovación que padeció el género en los años 60 en consonancia, salvando las distancias por escasas divergencias como la profundidad del tema, con el Neo Noir, aportando un soplo de aire fresco a los géneros que convergen dentro de este estilo como el Thriller o Cine Negro, ofreciendo obras irresistibles como El silencio de un hombre, Círculo rojo en Francia a manos de Melville (considerando las divergencias entre cada país debido a la influencias y a la cronología); Chinatown del genio Polanski o Los canallas duermen en paz del siempre eterno Kurosawa.  Los años 70 respecto, en el caso que nos ocupa hoy, al Thriller policíaco y Neo Noir fueron muy prolijos en la filmación de obras capitales como Un largo adiós (1973), La gran estafa (1973), The French Connection (1971) y la obra que nos ocupa.

Asimismo hay que añadir, para matizar previamente esta película, que la década de los años 70 estuvo marcada por un evidente compromiso sociopolítico en consonancia con lo fundamental, la concepción artística. Este compromiso no era fortuito, sino producto del devenir de las décadas previas con relevantes diferencias: el compromiso sociopolítico reflejado en el cine de los 70 estaba influenciado por la caída de el sistemas de estudios a finales de los 60, donde cineastas como Coppola, Scorsese o Altman se vieron influenciados por autores imprescindibles como Jean Luc Godard, Akira Kurosawa o Federico Fellini, y de corrientes como la Nouvelle Vague; lo que provocó que tanto la forma de filmar como el contenido se viesen alterados. También los movimientos políticos y sociales durante la década de los años 60, entre los que se destaca el Mayo francés del 68 que luego se extendería por Europa y la Contracultura americana cuyo origen se remonta a la Generación beat, condicionarían dicho compromiso. La crisis del sistema judicial, la corrupción policial, el espejismo del sueño americano, la violencia del individuo al someterse frente a una sociedad que le enajena, la crisis de valores y el materialismo son temas frecuente durante los años 70. Personalmente, la última década realmente rica en análisis sociopolítico junto al compromiso artístico.

Obras como Tarde de perros (1975)  y Network (1976) de Sidney Lumet, Malas calles (1973) y Taxi Driver (1976) de Martin Scorsese, Todos los hombres del presidente (1976) de Alan J. K Paula, Blue collar (1976) de Paul Schrader, Punishment Park (1971) de Peter Watkins; son ilustrativas a la hora de reflejar la magnitud alcanzada en este periodo.

CRÍTICA

En la película que hoy ocupa mi reseña, Clint Eastwood, el protagonista, encarna a un duro policía de San Francisco (Harry Callahan), apodado “Harry el sucio” debido a que se encarga de los trabajos más mezquinos y abominables así como por sus métodos inusuales y controvertidos a la hora de combatir el crimen. Su trabajo más arduo y personalmente más difícil será encargarse de un criminal psicópata que anda suelto por la ciudad, amenazando con cometer más crímenes si no se le abona la cantidad de 100.000 dólares.

A partir de esta premisa sencilla Siegel articula un Thriller formalmente elegante y frío, que surca bajo un ágil, preciso e intachable desarrollo narrativo. La  precisa y eficaz dirección de Siegel así como la expresiva y tensa fotografía de Bruce Surtess, nos devuelven imágenes secas, con nervio y pulso (sobre todo en los encuadres que no se realizan bajo cámara manual), estilísticamente distinguidas. Siegel, capaz de articular a través del montaje y la concepción del encuadre las fases de persecución (donde predomina la cámara manual y los travellings dentro de un plano escena) e introspección (donde se predomina el estatismo y los encuadres largos) modulando por ello la tonalidad rítmica, nos ofrece un relato alambicado semánticamente en el que un policía (Eastwood) transgrede las normas policiales y las diatribas judiciales para evitar que el psicópata acribille a más inocentes. Siegel emite una dura crítica contra el sistema judicial y la incompetencia policial a través de esta historia de persecución y desesperación. El personaje que encarna Eastwood es la sublimación nietzscheana del superhombre, el nihilismo desprendido por sus palabras y principalmente por sus acciones arde en la conciencia del hombre, que intransigente con el criminal despiadado, anhela su aniquilación. El agente Callahan, en consonancia con la voluntad de poder del superhombre con el paso previo nihilista, construye alrededor de su persona, tras un pasado agitado de fallecimiento de sus compañeros, unos valores éticos y morales que en relación con cualquier sistema legal (que sutilmente refleja un patrón moral como las enmiendas americanas) y moral bienpensante entran en conflicto pleno y absoluto. La destrucción de los valores morales es necesaria para construir unos nuevos a través de la voluntad de poder.

Sin duda, constituye una obra amarga y afligidamente pesimista, donde un individuo asiste de manera fúnebre a una consecución de crímenes mientras que el sistema, supuesto garante de los derechos y libertades, se hunde en su más absoluta incompetencia a través de procedimientos burocráticos fangosos y exasperantes. La solidez expresiva de Siegel permite tensar el relato, dotándolo de un halo desgarrador. La magnífica puesta en escena y la composición musical (delicioso el jazz electrónico) redondea la pulcritud formal de este Thriller fundamental, donde se domina perfectamente el tempo cinematográfico y el abismo dramático donde la tensión narrativa penetra en cada fotograma.

La elegancia de dicha obra se consigue, asimismo, a través de una concepción discreta, eficaz y suficiente del detalle, donde el claro ejemplo es la narración de los crímenes.

La crítica de la obra frente al aparato judicial-policial va más allá cuando incluye con intachable certeza a los medios de comunicación, en una magnífica escena.

La dicotomía en un principio maniqueísta, se diluye por el verismo respecto a la construcción de los personajes y a la ambigüedad provocada al incluir a todos los personajes (personalizando el propio sistema inútil pero paradójicamente “estabilizador”). El personaje dotado de valores que atentan contra cualquier principio humanista, el “malo”, es retratado realmente como un ser repugnante en todas sus facetas, donde no hay posibilidad de discusión; lo cual es una característica incluso positiva dentro de este relato. Positiva ya que al eliminar cualquier ambigüedad en el comportamiento (en la vida real existen psicópatas igual y más repugnantes que el personaje notablemente interpretado por Andrew Robinson), la crítica al sistema se ensalza más contundente al advertir que la consecución de crímenes tan despiadados contra gente joven, menor de edad principalmente, no son prevenidos por un sistema hundido en su ineptitud, y en la falta de valores en la sociedad, que sucumbe a través de la servidumbre ante un Estado alienante.

Sería un error enorme no nombrar la interpretación excelsa de Clint Eastwood, mítica que se encuadra en los anales del Cine. La fuerza gesticular, la armonía en sus movimientos, la capacidad expresiva de este excelente actor configuran al personaje de Callahan. La seriedad latente, la actitud transgresora, la franqueza e integridad formal son los rasgos de este magnífico personaje. La pérdida de un individuo (o la imposibilidad de encuentro) de la confianza en el sistema hace, debido a su carácter, moverse fuera de sus influencias, permaneciendo dentro debido a su condición de empleado, pudiendo provocar la pérdida de su empleo, e incluso de su libertad. Harry Guardino, John Vernon, Reni Santoni como Bressler, el alcalde y el compañero de Clint realizan una interpretación bastante destacable.

El excelente clímax, y en particular los últimos planos finales, subliman la fuerza y el trasfondo de la obra, con una alegoría sociopolítica brillante.

 

9

 

4.5_estrellas