Película de culto

El ángel exterminador

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País: México

Año: 1962

Duración: 88 minutos

Director: Luis Buñuel

Elenco: Silvia Pinal, Enrique Rambal, Jacqueline Andere, Claudio Brook

Género: Drama, Intriga

Sin duda una de las obras más lúcidas y fascinantes del genio Luis Buñuel en la cima creativa de su contundente trayectoria. Obra amarga y asfixiante en el que un grupo de burgueses quedan atrapados inexplicablemente en el salón de la mansión de uno de los anfitriones y son incapaces de salir. La situación provocada en la obra sirve de subterfugio para retratarnos una alegoría compleja y destructiva sobre el aislamiento y la autodestrucción de una clase social que se encierra en sí misma. A través de una excelsa dirección que dota a la obra de una incontestable fuerza expresiva y un cadente rigor estilístico y discursivo, Buñuel disecciona las características e idiosincrasias de una clase social que debido a su individualismo radical y absurdo, su cinismo y talante reaccionario aderezado bajo las convenciones sociales, incompatibles con posturas colectivas en pro del bien común, ven imposible la huida y se encierran en discusiones absurdas, en acciones inconexas y en comportamientos agresivos y misántropos donde reina el egoísmo, la violencia y el rencor; dificultando la convivencia hacia límites insospechados.

La capacidad creativa y expositiva de Buñuel provoca las múltiples interpretaciones de esta intrincada alegoría.(desde análisis sociológico-morales, recorriendo lo antropológico hasta el eterno-retorno satírico) A medida que avanza el filme el trato cortés y las convenciones sociales son reemplazados por el instinto más primitivo de supervivencia matizado con patrones de conducta execrables que se van desvelando, instinto que comparten todos los seres humanos independiente de cualquier condición.

Paralelo y simultáneo a este desenvolvimiento dramático, se va instaurando una atmósfera malsana y opresiva creada bajo un dominio visual absoluto capaz de extraer todas las posibilidades expresivas en un contexto visual reducido, explorando ocularmente cada rincón de tal forma que la sala con la que convivimos expectantes junto a estos anfitriones en la calle Providencia (irónico hasta el nombre) nos muestre rincones que desconocemos, debido a la visión en diferentes ángulos, una maravilla. Una de las enormes proezas de la obra consiste en mantener la tensión dramática y emocional, el avance narrativo y la capacidad discursiva así como la contundencia expositiva prácticamente sin salir de la sala (excepto las escenas que comprenden en la misma calle Providencia y alguna otra que prefiero no desvelar). Esta magnífica exploración visual es propia de un talentoso y artístico cineasta, donde dota a sus encuadres de una composición envidiable, milimétrica (acorde a sus pretensiones expresivas y semánticas); que son revelados gracias a un magnífico uso de la cámara (donde se abre el cuadro a creaciones visuales arriesgadas),y a una contrastada fotografía de profundidad visual y profundos contrastes que condicionan la latente tensión de esta hipnótica parábola, arrojando imágenes formadas con nervio frío y pulso seco, contundentes.

La evolución psicológica de los personajes es acorde al avance dramático que adquiere la situación, donde nos desnuda sus más profundas pretensiones.

Otra lectura simbólica de la obra que extraigo es que el cineasta hace uso del Surrealismo para profundizar en el verdadero Realismo, o lo que es similar, que el hecho de encerrar ilógicamente a unos personajes es la excusa para desnudar la realidad, es decir y reiterándome irremediablemente, el encierro es el pretexto para mostrarnos como realmente son.

Asimismo la obra está ornamentada de un magnífico humor absurdo, surrealista y negro para resaltar el contenido semántico (aparte de ser el sello personal del autor) envenenando el ambiente.

Otro factor que encumbra a la obra, entre esas numerosas virtudes, también se debe no solo a la evidencia simbólica, sino a la capacidad alegórica, como le sucede a Viridiana; al sentido último de su obra, la catarsis final que trae consigo lo demás desvelándolo o el leit motiv semántico que articula las diferentes reflexiones. En contadas ocasiones la simbología se torna obvia, ya que su principal pretensión no consiste en la lectura simbólica de objetos, sino la interpretación figurada de situaciones, la catarsis máxima de una parábola, en este caso, profunda, inteligente y determinante. Buñuel citaba “El misterio es el elemento clave en toda obra de arte”, sin duda la frase es tan acertada como esa pretensión en esta película, es decir, plena.

Grandes obras maestras han condensado el espacio visual a un espacio reducido, como La ventana indiscreta, La huella, Gertrud o Doce hombres sin piedad, donde estas guardan un patrón análogo a la creación que nos ocupa, la sólida puesta en escena. Lo realmente complejo es la dirección de los actores en un espacio visual tan cercado y tratándose además de una obra de tan indudable contundencia. Si tenemos en cuenta que el cuadro y la puesta en escena deben ir acordes a las pretensiones discursivas y expresivas del cineastas y su obra y deben crear movimiento para que la obra fluya, El ángel exterminador lo cumple sistemáticamente. Su excelsa puesta en escena completa el vigor compositivo de cada plano articulándose por medio de un excepcional montaje para formar una colosal obra cinematográfica.

Cabe añadir las magníficas interpretaciones donde no es fácil encarnar a unos personajes con tanta veracidad y soltura, destacando la colaboración de su musa Silvia Pinal como uno de los presentes en la sala, que particularmente difiere en el proceder respecto a los demás invitados.

La propuesta arriesgada de Luis Buñuel torna en una obra de arte, que bien a manos de otros cineastas podría haber caído en el ridículo o en la impotencia discursiva inherente a su carga alegórica.

Finalmente, constituye un drama opresivo y angustiante, que surca en medio de lo racional y lo onírico sin decantarse para reforzar la potencia del relato.

Obra maestra.

10

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Vampyr

VAMPYR - Vampyr (1932)

País: Alemania

Año: 1932

Duración: 68 minutos

Director: Carl Theodor Dreyer

Elenco: Julian West, Sybille Schmitz, Henriette Gérard, Jan Hieronimko, Maurice Schutz, Rena Mandel.

Género: Terror, Fantástico, Drama

Era ya necesario realizar una crítica a una obra de uno de los cineastas más influyentes y fascinantes de la Historia del séptimo arte, cuya trayectoria cinematográfica ha sido tan extensa como paradójicamente escasa en obras, míticas sin duda. Sus grandes exigencias artísticas han provocado que el intervalo de filmación entre una y otra se alargue mucho más de lo usual en un cineasta, principalmente a partir del fracaso del film que hoy me ocupa comentar hasta su obra cumbre y su testamento cinematográfico Gertrud (1964). Cineasta que ha experimentado una evolución formal y estilística, desde la intrincada conjugación visual y la experimentación narrativa hasta la austeridad tanto visual como narrativa no exenta sin embargo (como sucede en El silencio de un hombre de Melville) de una belleza asombrosa.

Esta obra, filmada en 1932, supuso un gran fracaso que condenó a Dreyer a no filmar durante doce años hasta su obra Dies Irae, clásico fundamental. Sin embargo, supone una de las obras más arriesgadas, inquietantes y experimentales en la carrera de este legendario cineasta y en la Historia del cine de terror. Se trata de un film fascinante, subyugante y dramático a causa de la asociación entre una portentosa fuerza visual y la simbiosis entre lirismo, onirismo y terror (tanto sobrenatural como psicológico). Obra que aprecié en 2012 y vista de nuevo el presente año, con un deleite inmensamente más elevado que en tiempos pretéritos, cautivándome de manera contundente.

Como decía, siguiendo técnicas vanguardistas (en plena época de apogeo experimental y surrealista del séptimo arte, con Francia a la cabeza en el que cineastas como Buñuel o Cocteau firman obras bizarras e intrincadas, véase La sangre de un poeta o La edad de oro), Dreyer filma una de las obras más sugerentes, complejas y ambiguas del género del terror donde explora sus propios límites e incidiendo en su esencia de la forma más pura. Formalmente no se ajusta a ningún canon ni narrativa ni visualmente. Dicha obra constituye un trance visual fascinante conjugado por imágenes vigorosas y perturbadoras cargadas de simbolismo, dentro de un laberinto visual intrincado y sin ningún orden establecido.

La fuerza y belleza visual que envuelven la obra se debe a la alternancia de encuadres marcados por profundas sombras, de amplios contrastes tonales e iluminación característica que remiten al Expresionismo alemán; y de encuadres caracterizados por una gran iluminación natural, perfumados por una atmósfera etérea, vaporosa de corte lírico, que remiten al Impresionismo francés. Esta combinación magistral de Dreyer hace que la obra esté dotada de una grandeza inaudita. El tejido de la obra se fundamenta por el poder de las imágenes y la estructura conceptual que las engloba.

Este vanguardismo visual viene determinado tanto por la propia exploración visual del contexto (donde se corrobora la definición de la palabra “encuadre” como ese arte de seleccionar la parte de la imagen que importa a una expresión buscada) a través de angulaciones, movimientos y juegos ópticos; como por la combinación del conjunto de los encuadres a través del montaje. Dreyer explora cada rincón donde le sugiera la mayor capacidad expresiva acorde a sus pretensiones artísticas, con magníficos movimientos de cámara (desde travellings dentro de un plano secuencia pasando por picados y contrapicados que refuerzan la capacidad conceptual hasta planos subjetivos desde una tumba en un pseudotravelling) que potencian la carga semántica del conjunto.

La vanguardia en el ámbito narrativo nos la expone a través de la dispersión y abstracción de la narración a términos que pueden confundir al espectador, narraciones oníricas, ensueños que son flash fowards dentro del sujeto inconsciente, dispersión del hilo narrativo, ausencia de objetividad “subjetiva” anclada en un solo narrador (¿la imagen proyectada es el producto de la divagación subconsciente del protagonista o es la del médico, o la del sirviente?). Sin embargo, la esencia que fluye en la narración permanece latente y existe una continuidad expresiva, conceptual, estética.

A través del montaje es donde Dreyer compone la obra de arte tanto formal como conceptualmente, siendo el tejido invisible (como aseguraba el maestro formalista soviético Sergei Eiseinstein) que conjuga una obra pese al no apreciarse. Se trata de un montaje caracterizado por cortes vanguardistas y asociaciones paralelas, donde se asocia semánticamente cada encuadre y los dota de mayor trascendencia y significado. La concepción semántica entonces viene dada por el propio encuadre y por la asociación ni necesariamente temporal, ni necesariamente espacial de los mismos. La escena del hombre con la guadaña (excelente montaje paralelo) o la pesadilla premonitoria son dos claros ejemplos que se almacenan en el ideario cinéfilo.

No solo la narrativa lineal se ve alterada, sino que también las interpretaciones, principalmente la del protagonista, donde apenas actúa correctamente. En las demás (como el profesor) se aprecian una gran influencia del cine mudo donde se impone la expresividad interpretativa marcada por los gestos evidentes y profundos (como en el Expresionismo alemán), lógico al tratarse de la primera película “casi” sonora de Carl Theodor Dreyer donde se contempla el legado infinito del cine mudo, no solo en esas interpretaciones, sino en el uso de la cámara en los encuadres de estética y trascendencia impresionista de inusitado preciosismo visual, donde se observa la velocidad de los fotogramas (a menos fotogramas por segundos en ausencia de cualquier tipo de sonido); en las descripciones (halladas en el libro); y en la austeridad del diálogo. La narración la constituyen las imágenes, la fuerza expresiva de las mismas, la conjugación semántica de cada una a través de una narrativa visual donde la imagen es verbo. (Esta técnica la llevaría a cabo el magnífico Kaneto Shindô en su obra datada de 1960 La isla desnuda, de una forma absoluta, en plena revolución cinematográfica) En definitiva, un coro de imágenes caracterizadas por una gran sugerencia plástica que giran en torno a un relato ambiguo y tenebroso. La cadencia del film reside en la coherencia interna entre los encuadres que potencian la expresividad etérea de esta obra magna.

Dreyer indaga en el subconsciente de un personaje cuya línea que separa la realidad de la ficción se difumina inexorablemente hasta convertirse en borrosa. Constituye el drama íntimo de un personaje cuyo temor es la propia muerte y donde los sucesos sobrenaturales constituyen un miedo al más allá, a lo que puede suceder después de la vida. O tal vez, el miedo a lo sobrenatural, lo que se separa de la cotidianeidad, donde una mente dispersa se revela. O tal vez es un adentramiento onírico en las fobias y dudas existenciales albergadas en la mente de un protagonista que se materializan. Es de tal ambigüedad el propio trasfondo que hace más delicioso el conjunto, donde las posibilidades de esclarecimiento son múltiples y la complejidad del relato es inabarcable.

El vampirismo no es el tema central, sino el recorrido onírico del protagonista (extrínseco o intrínseco a su mente) manifestado a través de su subconsciente y de fenómenos que ¿realmente? suceden. El surrealismo más contundente también se hace presente en la obra, reforzando la complejidad semántica de muchas alegorías visuales: sombras que no siguen al personaje, incongruencias espaciales que se enmudecen a través de virguerías visuales, acciones invertidas, cortes rápidos para finalizar un movimiento acelerado de sombras… La lógica entre el tiempo y  el espacio desaparece en contadas ocasiones.

Cabe destacar la contundente y expresiva fotografía a manos de Rudolph Maté, (que posteriormente se convertiría en cineasta en EEUU a partir de la década de los 40 con obras noir destacables como Con las horas contadas rodada en 1950, o el clásico de Ciencia ficción de 1951 Cuando los mundos chocan) que agudiza la contundencia expresiva de cada encuadre.

La escena final, sugerente y poética, me hará siempre rememorar a un pasaje de la mirífica e inenarrable Cuentos de la luna pálida de agosto del excepcional Kenji Mizoguchi. (No destripo)

Una obra intrincada, lírica, terrorífica, subyugante. Una experiencia cinematográfica inusual, magníficamente turbadora.

Obra de arte absoluta.

10

 

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El proceso (1962)

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País: Francia

Año: 1962

Duración: 120 minutos

Director: Orson Welles

Elenco: Anthony Perkins, Orson Welles,  Romy Schneider, Akim Tamiroff, Jeanne Moreau

Género: Drama, Intriga

Una de las adaptaciones más celebres de la obra de Kafka es esta versión de 1962 dirigida a manos del excelentísimo Orson Welles. En un principio no demostraba una reseñable atracción hacia la obra del escritor Checo, hasta que decidió adaptar esta obra inacabada y póstuma publicada en 1925 por uno de los más fascinantes y sugerentes escritores existencialistas del siglo XX.

El filme se adapta magistralmente a las características y connotaciones de la obra original, no siendo óbice para ello la libertad e independencia narrativa para con la novela. Orson Welles escoge un libro intrincado y lleno de matices no solo respecto al trasfondo, sino a la forma y la plasticidad, como culminación estética del contexto y la realidad deformada de la que forma partícipe el protagonista. Esta obra cinematográfica, producida en Francia y con elenco puramente europeo, correspondiente a la nueva etapa del genio, constituye una de las críticas más audaces y feroces contra la justicia humana y el poder establecido. Se nos muestra un mundo absurdo y caótico plagado de una vasta burocracia y un extensa e ininteligible administración que traspasan el límite del conocimiento humano; un contexto inhumano y alienante en el que abundan extrarradios, fábricas abandonadas y personas hacinadas como si de ratas se tratasen, un mundo incomunicado y despersonalizado en las relaciones humanas, en la relación Estado-Individuo donde se antepone el concepto difuso de Estado al de la propia sociedad constituyente. Las viviendas son una metáfora de un mundo que ha perdido el rastro de la cálida belleza, sustituido por la fría vacuidad. La irrelevante existencia de un individuo inocente frente a las pretensiones de un ¿Estado? que alcanza cotas en la que sus propios subordinados se somenten irracionalmente a él sin poder comprenderlo siquiera.

Este filme es ejecutado satisfactoriamente gracias a un vehículo inmejorable que porta una cantidad ingente de ideas y percepciones, debido a la perfecta síntesis del lenguaje y la adecuación correcta en la forma correspondiente. Cabe por repetitiva pero reseñable, la excelente, audaz y artística dirección de Don Orson Welles, siendo capaz de exprimir cada rincón y cada ángulo para realizar un excelso nectar artístico en el que los encuadres son apurados y certeros, aprovechados al máximo. Teniendo en base que la concepción semántica de los planos son también determinados por la posición de la cámara y sus ángulos, como sus movimentos asimismo; en la obra de Welles abundan picados, contrapicados, travellings, y angulaciones de todo tipo para reforzar el estado de angustia y terror existencial que padece el protagonista. Cabe añadir que se trata de un montaje audaz y vanguardista (filme inclusive dentro de la etapa revolucionaria cinematográfica de los años 60) que lo que hace es sustentar la cadencia final de la obra a través de esa esmerada y bizarra composición de encuadres manteniendo el ritmo, la forma, el contexto, viusalmente y narrativamente.

La presentación de la obra se lleva a cabo por encuadres de enorme fuerza visual que muestran la realidad tanto interior como exterior que giran en torno a ese protagonista desconcertado en un funesto y desasosegante blanco y negro. Encuadres que nos muestran toda esa caótica realidad, portadores de profundos claroscuros en el que dominan los sitios con escasa luz y los contextos nocturnos. Esa fuerza expresiva es la que dota de una mayor consistencia el relato, la que hace adentrarnos en un mundo indeseable, la que hace abstraernos durante la travesía del filme inducidos bajo un relato subyugante y tormentoso, el drama de un ser racional buscando respuestas en un mundo caótico, buscando explicaciones sensatas y humanas sobre un mundo artificial cruel y déspota. El filme conserva su agilizada narrativa tan minuciosa como concisa, apoyada bajo un muy notable guión. Excelente actuación la de Anthony Perkins, como protagonista Josef K., un ser que intenta explicarse lo inexplicable, intenta comprender lo incomprensible, demostrar lo idemostrable debido a la propia absurdez de la sociedad, y finalmente, de su propia existencia; muy notable la del abogado suyo encarnado por el siempre excelente Orson Welles; Akim Tamiroff como el cliente humillado del abogado ensalza sus dotes interpretativas y vuelve a trabajar con él (trabajó con Orson en “Sed de mal”, “Campanadas a Medianoche”, “Mister Arkadin”…); Romy Schneider como la enfermera del abogado, personaje correctamente encarnado que representa un rescoldo de cordura y desaire; y Jeanne Moreau, como la vecina de Josef K. en la que “la mejor actriz del mundo” hace un papel brevísimo.

Destaco el uso de abundantes planos secuencias (en la primera escena se aprecia) como potencializador de la fuerza narrativa y de la manifestación estética de la obra. La riqueza semántica de la obra viene motivada por la ambigüedad del relato, del que se pueden extraer numerosas reflexiones y conclusiones. Destaco esos magníficos decorados que potencian el efecto alucinador y surrealista de la obra.

 

Una obra bizarra, singular, intrincada y una sensacional visión de la existencia humana a través del prisma de la novela de Kafka.

 

10

 

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Macbeth (1948)

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País: Estados Unidos

Año: 1948

Duración: 105 minutos

Director: Orson Welles

Elenco: Orson Welles, Jeanette Nolan

Género: Drama

La magistral obra de William Shakespeare ha sido adaptada numerosas veces al séptimo arte, las versiones que destacan, a mi gusto son la de Akira Kurosawa “Trono de sangre” (1957), adaptación libre en la cual se aprecia un contexto diferente pues se ambienta en el Japón Feudal del siglo XVI, para mí sin duda una obra cumbre figurando entre mis diez obras favoitas

Orson Welles pese al escaso presupuesto que poseía para realizar la obra, consigue, gracias a su ingente talento, hacer una obra maestra intensa y desasosegante. Welles adapta íntegramente esta inmortal obra dotando al film con una poderosa carga dramática y un profundo intimismo tal cual la concibió Shakespeare. Obra filmada con escaso presupuesto, alejada de todo yugo hollywoodiense, durante un tiempo efímero, apenas tres semanas. Cabe destacar que se trata de la obra que más se ajusta a esta indeleble y magistral obra de William Shakespeare escrita en 1606. Obra excelsa, de subyugante atmósfera, que se adentra en lo más oscuro del ser humano representado por un general del ejército escocés corrompido por la ambición desmedida suscitado por las profecías perversas y certeras de las brujas o hermanas fatídicas. La ambición, el poder, la traición, la maldad, la venganza, los remordimientos, las consciencia se supeditan a merced de esta inmensa obra como la profunda temática que aborda una película portadora de una fuerza visual y una intensidad dramática abrumadora.

Film ambigüo, desde su planteamiento hasta su ejecución, que cautiva inmensamente debido sin duda a su fuerza narrativa y su intenso y eficaz vigor dramático. Obra artística muy compleja, de lenguaje, tanto cinematográfico como literario, denso y metafórico, en el que Welles hace un uso excepcional del montaje cinematográfico y de la propia composición de los encuadres para adentrarnos en una obra sugerente, ambigüa y genial, cargada de una atmósfera subyugante que recubre una cuidada y esmerada ambientación.

El cine y la literatura son artes que se complementan, y este es el caso en el que se fusionan con muchísima cadencia, Welles extrae del fascinante universo Shakesperiano unos personajes profundos y torturados, llenos de matices y obsesiones, cuyo exponente más visible es el protagonista. Aparte de una puesta en escena excepcional y de una dirección de los actores más que acertada, Welles nos traslada ,mediante encuadres herméticos y sugerentes, saciados de profundos claroscuros y brillos irreales, hacia lo más recóndito del personaje y su propia introspección, mediante la cual consigue desvelar sus temores e incluso una profunda y rotunda crítica hacia la existencia humana. Macbeth corrompido por la ambición, debido a la profecía de las hermanas fatídicas y a la posterior persuasión que se hace cargo su esposa Lady Macbeth (véase las numerosas lecturas que se hacen por dicha profecía)  es capaz de renunciar a sus principios y de cometer un espantoso asesinato de su Rey. A partir de esta base, simplificada sin duda, nos adentramos en un mundo de horror y crueldad, capaz de mostrarnos los sentimientos y acciones que se dan simultánemente, envueltos bajo un oscuro pesimismo. Ese contexto se nos presenta como una metáfora del estado psicológico de Macbeth, grutas abruptas, inmensas y tenues, como si de un alma oscura y decadente se tratase, luces irreales bajo una noche oscura, como si la destrucción y la muerte se apoderaran de todos los individuos.

Como siempre, este monumental ser llamado Orson Welles, a pesar de esas barreras es capaz de realizar otra pieza de culto absolutamente grandiosa. Gracias a ese, antes nombrado, uso del agilizado y audaz del montaje a la vez que bizarro y expresionista, y la formalidad del propio encuadre en el que abundan planos secuencias y ángulos extremos,  Welles supera esas barreras que para un cineasta de su calibre no son más que minucias.

Cabe destacar la cuidada y expresiva fotografía en un acertado blanco y negro, y la forma de sugerir en vez de mostrar (no desvelo nada) por parte de una obra barnizada con una plasticidad tanto visual como narrativa ensordecedora.

Destaco también, dentro de las interpretaciones, a la expresiva e intensa actuación del protagonista Macbeth encarnado por Orson Welles, personaje difícil atestado de cualidades intrínsecas y extrínsecas, de una profundidad psicológica apabullante, un Macbteh atormentado, desquiciado y cruel; de la esposa Lady Macbeth, interpretada por la actriz de teatro Jeanette Nolan con muchísimo esmero y precisión, como mujer pérfida y manipuladora, personaje difícil de interpretar sobre todo en el momento que su mente se desquicia. Destaco asimismo, a las tres hermanas fatídicas, Malcolm, Donalbain y Macduff con un muy destacado ejercicio interpretativo a la vez que el resto del elenco, gracias sin duda a la expresiva, elocuente y vigorosa dirección.

La estilización tanto formal como conceptual de los propios encuadres hace más plausible el modo de adentrarse en los recovecos interiores y en las propias reflexiones del propio Macbeth. En el film se adecua el uso de ritmo acorde a lo mostrado cuyo resultado final es cadente y satisfactorio, clara muestra del excelso rigor intelectual y artístico del propio cineasta. Filmado prácticamente en escenarios no naturales y con decorados artificales, en el que el espacio visual se acota y sin embargo Welles hace uso de él como disertación para mostrarnos que no es necesario mostrar tantos escenarios si se conserva la fuerza narrativa, dramática y el vigor expresivo.

Escasa vez se nos mostrará tal trascendental estudio de la conciencia, los remordimientos y la maldad humana. Recomiendo aun así que lean previamente la obra teatral de Shakespeare para que se comprenda mejor la obra, puesto que el uso del lenguaje que hace Shakespeare, tan sutil, intrincado y figurado puede dificultar su compresión si tenemos en cuenta que bastantes diálogos del filme de Orson Welles son propios de la obra teatral, los cuales se enuncian con una poderosa locuacidad y uno no sea capaz de digerirlo la primera vez, hecho que si sucediera deberían ir a por el siguiente diálogo.

Obra maestra imprescindible.

 

10

 

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Ciudadano Kane (1941)

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País: Estados Unidos

Año: 1941

Duración: 120 minutos

Director: Orson Welles

Elenco: Orson Welles, Joseph Cotten, Everett Sloane

Género: Drama

Como primer aniversario del blog y coincidiendo con su visionado después de hace bastante tiempo le rindo homenaje a esta legendaria obra. La mítica obra de Welles la reponían en el Cine Doré. Cuando me percaté de la noticia no dudé en organizarme ese día para que ninguna adversa circunstancia me impidiera apreciar esta solemne obra. Llevaba desde el año 2012 sin verla, sin embargo analizada durante el 2013 y 2014 perenne en mi memoria aunque ciertas escenas las olvidara por el indefectible paso del tiempo.
Fue una sensación maravillosa volver a verla, apreciar este monumento del cine mundial.

Sin duda la película es una imperial e intensa obra de arte creada por uno de los genios más clarividentes que ha dado este mundo, que con tan sólo 26 años filmó esta piedra angular en el cine mundial.

En términos generales considero que la obra podría tratarse como una perfecta muñeca rusa, por más que quites capas siempre encontrarás algo que la hace única y por tanto excelente, porque cuando la cadencia y la composición de la obra ahonda tanto y traza caminos inusitados añadiendo nuevos horizontes en la creación artística con tanto vigor expresivo e intensidad la obra está condenada irremediablemente a ejercer de paradigma.

Ciudadano Kane destaca, primeramente, por la transgresión que provoca en los códigos cinematográficos, tanto en campo narrativo como visual, lo cual se trata de una obra rompedora con las limitaciones artísticas describiendo nuevas perspectivas. El magnífico Orson Welles inventa o constituye la profundidad de campo en el cual el plano corto, medio y general se encuadran a la vez, lo cual hace que el ojo humano pueda fijarse en cualquier punto de la imagen sin que esté predeterminado. Respecto a la narración considero que lo relevante no es el flash back, sino la sucesión de los mismos con elipsis incluidas capaces de dar saltos en el tiempo, ergo constituye una compleja arquitectura narrativa que la hace única. Y por último, siendo éste más subjetivo, la introducción del McGuffin o como me gusta denominarlo pseudo leitmotiv ya que se nos expone una temática, o un elemento del guion que consideramos relevante pero que después no lo es, sino una excusa para mostrarnos el avance de la obra, como podría suceder con “La aventura” (1960) de Michelangelo Antonioni (no desvelo para no estropear la obra)

Esta obra sin lugar a equívoco me resulta fascinante, en primer lugar he citado los apartados técnicos y ahora la disertación de la obra.
Si le quitamos a la nombrada muñeca este afán de transgresión nos hallaremos ante una obra desgarrada, intensa, profunda y emotiva. Welles, mediante su excelente dirección, nos muestra el auge y la decadencia de un magnate del periodismo de forma magistral, interpretado por él mismo, con una intensa profunda carga y fuerza dramática con un guión complejo y perfecto sustentado bajo una narrativa sublime y cadente. La obra se compone de escenas cargadas con intenso intimismo y profunda introspección, sobre todo en la segunda mitad de la obra. Se podría considerar también, dentro de sus múltiples vertientes, como una reflexión sobre el auge y la decadencia, el paso del tiempo y las ilusiones anheladas y extraviadas que se difuminan única y exclusivamente en el ocaso, que es la muerte, y el canto de un hombre solo abocado irremediablemente al más hondo ostracismo personal pese a la fama adquirida, acumulando bienes materiales para intentar saciar y sofocar ese profundo vacío a causa de una existencia paulatinamente alienada.

La maravillosa fotografía en blanco y negro apoyada bajo la transgresión de la mencionada profundidad de campo más los marcados y contundentes claroscuros que trasmiten un vigor expresivo sensacional marcan un estilo exclusivo y cuidado, esmerado y concienzudo.

La dirección de Welles es otro hito memorable en esta mastodóntica obra, en la que abundan excelsos travellings, planos secuencias, movimientos grúas, contrapicados, encuadres a través de espejos y cristales rotos etc. encuadrados en el momento y situación justa con finalidad exclusivamente artística, y con una intención de dotar a la obra mediante la riqueza que albergan las posibilidades cinematográficas, matizar y recargar de una mayor profundidad a la película. Encuadres de gran fuerza y belleza visual inherentes a un poderoso castillo dramático y agudeza narrativa.

No sería la obra tal como la concebimos si no fuera también por el fascinante y agilizado montaje, una de los elementos capaces de modificar el mensaje o trasfondo de la obra, elemento que Welles también concebía plenamente. En la obra se nos presentan transiciones, mezcla de archivos documentales (ficticios), superposición de planos, la combinación de los mismos con fines simbólicos; todo unido y entrelazado de manera armoniosa, comprendido en un montaje poético y a la vez narrativo, compuesto por difeerentes enfoques y adaptados a cada situación en la propia obra.

La puesta en escena es indudablemente deliciosa, con interpretaciones memorables del protagonista Orson Welles y Joseph Cotten entre los más conocidos. Personajes complejos cargados de matices, sobre todo el protagonista, en el que Welles introduce un ser de una ambigüedad moral y psicológica inevitable con luces y sombras.
Orson Welles otorga mayor opulencia a la obra mediante la alternancia de discursos objetivos y subjetivos correspondientes a los flashes back, proporcionando esa citada ambigüedad en el personaje, subjetivo respecto a las diversas valoraciones de las personas vinculadas a él; y objetivo pero incompleto, al documental inicial sobre su vida. Ergo Welles hace que el espectador constituya su propia reflexión sobre este personaje, sin influencia ideológica alguna.

En la obra se puede observar una crítica (como telón de fondo) a la doble moral e hipocresía en la sociedad americana como en la escena que descubren a Kane y una joven por una estrategia trazada de su esposa y otra persona (no revelo) con fines políticos (justo después de realizar el mítin como candidato a gobernador). También analiza la relevancia de la prensa, denominada el cuarto poder y a la manipulación de la verdad con fines políticos y económicos.

La influencia de la obra en la propia sociedad fue, entre otras muchas, por la crítica al magnate de la prensa que dominaba en ese momento: William Randolph Hearst.
El contexto de la obra es sensacional y adecuado en cada momento, alumbrado bajo una etérea y expresiva atmósfera cuyo exponente más apreciable es la escena del castillo en la que se aprecia a Charles Foster Kane en segundo plano y a su esposa en primer plano albergados bajo un fastuoso y vacío palacio en el que el tedio, la monotonía y la impotencia se apodera del contexto.

Los diálogos son otro gran punto de esta inmensa película así como los gestos y expresiones. Diálogos expresivos, dramáticos alternados con cómicos para relajar la tensión, de ahí que la gran capacidad de Welles para cambiar de registro dramático a cómico o la alternancia de los dos sea fascinante. Los gestos condenan a la obra a inmortalizarse, me quedo con uno, con el plano en el que se aprecia a Welles en plano general tomado desde la puerta en el cuarto de su esposa tras marcharse ella, en soledad, impotente, derrumbado.

Como curiosidad añado que cuando el proverbial Akira Kurosawa realizó la obra de arte “Rashomon” (1950), hubo una gran especulación sobre si había copiado la estructura narrativa de “Ciudadano Kane”, pero sin embargo él lo negó y en ese momento afirmó que todavía no la había visto. Si Welles no la hubiera introducido seguramente que Kurosawa lo hubiera hecho.

Fascinante historia, proverbial final y contundente profundidad dramática, visual y estilística para un clásico monumental.
Una de las obras más grandes jamás filmadas. Welles decía: “Todos niegan que soy un genio, pero yo jamás he dicho que lo sea” Tranquilo Orson siempre lo serás, las luces que más brillan son las que por mucho que les boicoteen siempre estarán en el firmamento.

 

10

 

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El nadador (1968)

El_nadador-815554649-largePaís: EEUU

Año: 1968

Duración: 92 minutos

Director: Frank Perry

Elenco: Burt Lancaster, Janice Rule, Janet Landgard

Género: Drama

Obra de arte singular y compleja. Desgarrador y profundo filme que ahonda en el sentido de la existencia, la vida en sí y sus sinsentidos, hipocresías, mentiras; todo a través de un hombre, Ned Merrill.

Una película compleja, de belleza visual exquisita, de brillante fotografía, que encuadra el entorno natural de manera brillante, naturalista, creando una poesía visual armoniosa y sincera. Encuadres oníricos, de curiosas sombras y resplandeciente claridad en los que se puede palpar en primer plano toda la pureza y magnanimidad de la naturaleza, toda esa pureza metafísica que emanan hasta los más singulares bosques; y ese contexto que alberga a un hombre, a Ned Merrill paseando tras esos frondosos bosques en soledad y en compañía, una magnífica metáfora del hombre y el paso del tiempo.

Un film de interpretaciones memorables, como el magnífico Burt Lancaster, en un papel complejo dotado de una brillante interpretación y caracterización de un personaje cargado de numerosos matices y expresiones; la bellísima Janice Rule en un papel clave para el desenvolvimiento de la trama, con una muy sobresaliente interpretación, de profundos gestos y sentimientos rescatados del olvido. Los dos están magníficos, en una interpretación con muchísimo rigor y porte, una manera de empatizar con el personaje sorprendentemente magnífica, a la vez que empatiza el espectador con él.

Película llena de gestos, sentimientos olvidados y reprimidos, ideas falsas, movimientos, apariencias y realidades, luces y sombras. Profunda metáfora, con innumerables lecturas, acerca de la existencia, del sentido de la vida, la vida misma, sus mentiras e hipocresías, los sentimientos fingidos, las dobles morales, los engaños.

Un poético estudio sobre el paso del tiempo, la ilusión de la vida, la muerte, la plenitud y la decadencia; y del futuro ignoto que permanece latente, inevitable, hasta llegar al fin, que es la muerte.

Gran película de profundidad e intensidad dramática, que se enriquece al poseer numerosas interpretaciones (como he mencionado previamente), y de final como uno de los más desgarradores y contundentes jamás vistos, así como extraño y ambiguo, de clímax intenso y desgarrador.

No pudiendo extraer las distintas lecturas, debido a que se podría torpemente destripar el final, puedo comentar, que es, ante todo, un film filosófico y humano, que ahonda en la metafísica de la existencia, en un guión muy bien hilado y estructurado, así como libremente narrado.

Este magnífico film, sin embargo, se desconoce en gran parte por el fracaso que obtuvo. Rodada en 1966 y no editada hasta 1968, el film estuvo durante dos años sin saber qué hacer con la película por parte del cineasta.

Magnífico montaje y superposición de planos para conseguir un efecto poético de gran calibre. Uso brillante de la cámara lenta para hallar la plenitud y la belleza, del cinema verité, del plano subjetivo y la cámara en mano para mostrar realismo y variedad estilística, del plano indirecto y la cámara a través del agua para conseguir riqueza cinematográfica y belleza. Lo único que no me convenció fue el reiterado uso de la cámara lenta en la escena del ruedo de caballo, siendo aun así mínimo, considerando por ende que se debió filmar en cámara lenta en su justa medida.

El film fluye como el agua a través de los ríos; es una experiencia inolvidable, de escenas singulares y antológicas, como la escena en la que Burt Lancaster se encuentra al niño joven en una de las piscinas, una escena tan extraña como poética.

Una historia sencilla y diálogos sencillos para un final y un trasfondo demoledor. Un film aparentemente sencillo que guarda en sí un hondo mensaje.

Nos muestran la sencillez de la vida para ahondar, en contraposición, la profunda complejidad de la misma.

Del calor al frío, de la seguridad al miedo, de la plenitud a la decadencia, de la felicidad a la verdadera infelicidad.

La familia, el deber, la amistad, los amores pasados se conjugan y se añaden a este filme para concederle una aun mayor exquisita riqueza y una impoluta precisión.

Film con ritmo y alma, entretenido ante todo y sencillo de digerir (aun albergando este profundo trasfondo). Una película que puede permitirse el prescindir de espacio y tiempo, solo llenándose de experiencia, circunstancia, que ahonda en lo más intrínseco del ser.

Y después de visionarlo pensé en esta vida, en la magnífica y bellísima Janice Rule falleció desgraciadamente en el 2003 (por tumor cerebral) y el legendario Burt Lancaster, también fallecido. Y ya no están, en este mundo, pero así es la vida.

“… y parece que hace solo un minuto noto el olor de la hierba; pasa todo tan deprisa, todo el mundo crece y luego, todos hemos de morir; eso es absurdo, ¿no crees?” Cita Ned Merrill (Burt Lancaster), a lo que le contesta sincera y pausadamente su ex amante (Janice Rule): “A veces sí”

Arte en estado puro, obra de arte.

10

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Los siete samuráis (1954)

Los_siete_samurais-914194246-largePaís: Japón

Año: 1954

Duración: 205 minutos.

Director: Akira Kurosawa

Elenco: Toshiro Mifune, Takashi Shimura, Yoshio Inaba, Seiji Miyaguchi.

Género: Drama, Acción, Aventuras

 

Este magnífico año ha destacado también por volver otra vez a ver excelentes películas, como me sucedió con “Cuentos de la luna pálida de agosto”, por ejemplo, o con Rashomon, o también con Sanjuro. Y la casualidad de que a la segunda vez que las veía me apasionaban mucho más, más que la última vez vista; y “Los siete samuráis” no ha sido ninguna excepción de esta regla. “Los siete samuráis”, una de las grandes obras maestras del cine mundial, dirigida por el legendario y proverbial cineasta Akira Kurosawa, de duración épica, tres horas y veinticinco minutos, de puro cine. Vista en tres veces, por inconvenientes que depara el ignoto destino o por hechos lógicos y usuales. Y la verdad, qué felicidad de vérmela de nuevo.

Grandiosa y legendaria obra maestra del cine. Obra de potencial plástico inigualable, un magistral ejemplo de potencial narrativo y perfección dramática. Una composición perfecta de planos de belleza visual apabullante, de primeros planos, travellings y grúas que trascienden a lo más grande del cine, de una riqueza artística exclusiva de los grandes del cine, en el Olimpo de la expresión cinematográfica. Un filme humanista y desgarrador, cargado de símbolos y escenas antológicas quedándose intactas en lo más hondo de los recovecos de la memoria, en el que la unidad, la confianza y la astucia hacen frente a la maldad, la injusticia y la adversidad.

Desgarrador análisis de la condición humana en el Japón Feudal del siglo XVI, exhaustivo y profundo análisis de las clases sociales.

Un filme de perfectas sombras y dirección apabullante, cómo no del espléndido y humanista Akira Kurosawa, realizando otra dirección perfecta y con muchísimo pulso y rigor en pleno apogeo de su grandeza perenne, con una antológica dirección de los actores. Y “Los siete samuráis”, cabe comentar, poseedor de una excelsa fotografía en blanco y negro, de una belleza y profundidad que sacia los deseos más profundos de llegar a la plenitud, de brillantes claroscuros, de antológicos travellings y grúas, como he comentado, así como primeros planos o travellings circulares, matizando aun más como su reposado potencial cinematográfico. Todo esto sustentado por un guión ajustado y milimétrico en el que no falta ni un ápice, ni un matiz para redondearlo, es impecable, una maravilla, un prodigio de la inventiva y la planificación, de la manifestación externa e interna de una inteligencia, un trabajo y un humanismo que permanece y permanecerá indeleble en el autor.

Escenas, planos de gran potencial lírico, diálogos trascendentes y a la vez sencillos. Grandes momentos cargados de intensidad, de desgarramiento, pausados, emotivos.

Y seguimos con las interpretaciones, de manera reiterada, magníficas. Mifune está descomunal y Shimura inmejorable; los otros cinco samuráis están formidables.  Brillante otra vez la forma de expresarse y articular, de moverse y hablar, sin duda un prodigio de la interpretación y de la puesta en escena. Todo va acompañado de personajes complejos, con matices y características singulares que los hace únicos.

Es un filme complejo que ahonda más allá de la mera apariencia, cómo dije, por un trasfondo humanista y reflexivo así como un análisis de la condición humana, que hace recordar a “Rashomon”. La fuerza, tanto narrativa como visual, tanto dramática como lírica; evoca a este filme como uno de los paradigmas de las grandes obras del séptimo arte. Kurosawa vuelve a alternar momentos intensos de ritmo frenético y pausado, en tono reflexivo. Crítica al egoísmo, al individualismo, a la injusticia, a la hipocresía y a la maldad, así como los reveses del ignoto destino y la pobreza y desesperación. Todo ello se desmonta con una visión humanista y esperanzadora que hace retumbar en lo más profundo del ser: la unidad (como dije antes) de las personas contra la injusticia y la maldad, haciendo frente a los villanos y a los poderosos, todo ello a pro de conseguir la serenidad, la paz , la felicidad y la justicia. Este grupo de samuráis que contratan los campesinos, accede únicamente a cambio cobijo y comida, nada más. El proceso de búsqueda de samuráis es una delicia, brillante en una duración épica. Este film es la perfecta síntesis perfecta de drama, acción y aventuras  combinado con momentos cómicos y reconfortantes de excelso avance narrativo.

En conjunto conforma todo una armonía cinematográfica del mayor nivel alcanzado, de una síntesis combinatoria de todos los elementos que conforman una obra, alineados para crear arte. Todo fluye, avanza constantemente in crescendo hasta llegar a la más absoluta plenitud.

1954, año que el mundo se postró ante una cantidad de obras maestras provenientes de Japón (de nuevo), como “Los amantes crucificados y “El intendente Sansho” de Kenji Mizoguchi, o este grandioso film que estoy comentando: “Los Siete Samuráis”, de Akira Kurosawa, sin duda tres grandes joyas del cine mundial, tesoros inclasificables o incalculables debido a su valor, toda una maravilla; larga vida al eterno rey del cine, Akira Kurosawa.

 

500px_5_estrellas

Rashomon (1950)

Rashomon-166287858-largePaís: Japón

Año: 1950

Duración: 90 minutos.

Director: Akira Kurosawa

Elenco: Toshiro Mifune, Takashi Shimura, Machiko Kyô, Masayuki Mori.

Género: Drama, Intriga
Japón siglo XII, siglo de devastación de Japón por las guerras feudales. Día de lluvia torrencial, tres hombres cobijados en un templo en ruinas esperando el fin de la tormenta.

Así comienza este babilónico filme, una obra grandiosa filmada a mano de un cineasta colosal. Kurosawa explora el debate filosófico de la verdad, la condición humana, la objetividad e imparcialidad, la devastación del momento así como la deshumanización codiciada por los intereses propios, en el que aflora la maldad, la mentira, el egoísmo o la hipocresía, todo ello narrado en unos magníficos flashbacks (los diferentes puntos de vista de los acusados y el testigo mudo de los hechos). El filme, que posee una estructura narrativa perfecta, llega a la cota de mayor belleza cinematográfica, de una fuerza visual fantasmagórica y onírica, así como una belleza visual y un potencial lírico pocas veces vivido en el séptimo arte.

Un guión maravilloso, perfectamente estructurado e hilado, de diálogos grandiosos. Y a estos factores se le unen el opulento talante y potencial narrativo y dramático de una destreza insuperable, enfatizado por las desgarradoras interpretaciones y la descomunal puesta en escena, situada en un contexto y una atmósfera onírica, realista, impresionista. Mifune vuelve a realizar un papel legendario, en el que la rapidez de sus gestos y la espontaneidad indeleble de sus acciones vuelven a potenciar más su vasto talento interpretativo. Shimura, vuelve a encarnar un papel de hombre pensativo, benévolo, humanista de manera magistral, de gestos inmortales. Personajes de ideas contradictorias, narraciones de cada víctima y culpable diferentes, todo a pro de favorecer a uno mismo.

Y ahora con la dirección de Kurosawa: no se puede realizar mejor, esa perfecta composición de planos líricos, bellos y apasionados, de detonante belleza plástica; ese desgarrado, analizado y esperanzador talante humanista;esos travellings, planos medios, ese uso brillante de la profundidad de campo y las sombras, como el perfecto retrato del contexto en general, todo estas características de un cineasta legendario en una maravillosa fotografía en blanco y negro.

Un film que se siente, que te atrae, que te emociona, que te intriga (la trama, ¿quién dice la verdad?, ¿por qué?), y pone en bandeja uno de los dilemas filosóficos, éticos y humanos más interesantes, la verdad.  Filme misterioso e intenso, sin duda, de incesante ritmo.

En resumen, obra maestra, filme grandioso e intenso, de un desgarrado y apasionado humanismo y un fuerte lirismo. Una obra indispensable.

10

500px_5_estrellas

 

El año pasado en Marienbad (1961)

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País: Francia

Año: 1961

Duración: 95 minutos.

Director: Alain Resnais

Elenco: Delphine Seyrig, Giorgio Albertazzi, Sacha Pitoeff.

Género: Drama, Intriga, Romance.

¿Qué es el séptimo arte? ¿Por qué se denomina así? ¿Por qué es un arte? Para responder a estas preguntas simplemente hay que poner ejemplos de películas, no definirlo con palabras, sino con ejemplos de películas. Filmes, obras cinematográficas que definen porqué el cine es un arte, y hasta dónde puede llegar. “El año pasado en Marienbad” es un claro ejemplo de arte puro, de belleza extraña y arrebatada, una de mis tres películas favoritas.

Perfecta obra maestra del séptimo arte, una auténtica obra capital de la Nouvelle Vague en su apogeo, de una perfección y una belleza cinematográfica casi imposible de conseguir. Alain Resnais juega con el espacio y el tiempo, conjugándolos y distorsionándolos de una manera que llega a la más pura abstracción. Planos de belleza infinita, de absoluta perfección cinematográfica, a la mayor belleza visual y a la capacidad del séptimo arte de emocionar hasta llegar al más arrebatado paroxismo. Todo ello en una estructura narrativa de perfección experimental, jugando con los flashbacks y las ensoñaciones, extrayendo del surrealismo lo más bello y puro.

Dos personajes movidos por un contexto bello, barroco y extraño (que se alinea con la experimentación perfecta del espacio y el tiempo), en el que el tiempo cinematográfico muchas veces los detiene y juega con ellos. Personajes llevados por su propio destino y por sus sentimientos hacia la mayor cumbre del arte, hacia la mayor expresión de lenguaje cinematográfico, hacia cumbres ignotas hacia túneles, puertas y zonas nunca llegadas.

Resnais explora el paso del tiempo, la memoria, la fugacidad de la vida y la pureza del amor de una manera fascinante, con esa perfecta dirección y fotografía, de perfectas sombras, de un uso talentoso de la profundidad de campo y los travellings, en el que la exploración visual llega a su más absoluto excelso nivel, en el que la brillantez de sus encuadres y su perfecta composición de los mismos hace a uno llegar a notar la más absoluta plenitud cinematográfica. En un ritmo lento, pausado, como una odisea hacia al Olimpo, en una barca que llega a la costa azotada levemente por el oleaje. Un hotel barroco donde no se nota el paso del tiempo (barroco, recargado y complejo, como el filme), donde el tiempo parece que se para y no atiende a ninguna razón física, solo a una travesía, a una fase, que se repite cada año, cada instante. Y los protagonistas fantásticos, Delphine Seyrig en un papel memorable, extraño; sin duda un mito. Giorgio Albertazzi llega también a la cumbre, encarnando a un personaje que persuade a A (Delphine Seyrig), para deje a su marido y  se fuguen para siempre, pero que ella le hace una promesa de que al año siguiente lo harán… pero no recuerda ella ese momento al transcurso de un año. Una de las películas más desconcertantes y misteriosas que se pueden visionar, todo ello transcurrido en un hotel barroco, todo el filme en ese grandioso hotel.

Una de las películas que más me emocionan, me sorprenden, me conmueven y me apasionan. No puede haber más palabras para definirla, únicamente visionar esta auténtica obra maestra del séptimo arte, en la cumbre del más allá de la perfección y la belleza, en todo su esplendor en una época cumbre del séptimo arte, como son los 60, cargado de cine complejo, bello, fascinante, filosófico y transgresor, toda una obra de arte, cuando el cine era CINE.

10

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Onibaba (1964)

Onibaba-121434263-largePaís: Japón

Año: 1964

Duración: 103 minutos

Director: Kaneto Shindô

Elenco: Nobuko Otowa, Jitsuko Yoshimura, Kei Sato.

Género: Drama, Terror, Fantástico

 

Excelente obra de Kaneto Shindo, una excelente metáfora visual sobre las consecuencias de la guerra: hambre, miseria y pobreza, que se ve reflejada en el contexto y en la madre del guerrero y su esposa. Con una perfecta dirección y fotografía (cada encuadre es puro lirismo cuando representa a la propia naturaleza de un pictorismo y poder visual abrumador), Onibaba es un tenebroso poema visual que retrata el instinto del ser humano, los actos primitivos y el lado oscuro de nuestro propio ser, a causa de una situación desastrosa, como en este caso, la devastación que está dejando la guerra . La madre y la esposa del guerrero asesinan a señores de guerra para vender sus atuendos, escudos, espadas samuráis, a cambio de comida, no para enriquecerse, sino para alimentarse y sobrevivir. El deseo y la obsesión sexual de la mujer del guerrero en paradero desconocido siguen vigentes y aumentan con creces a lo largo del tiempo, llegando a su punto álgido cuando llega un guerrero exiliado de la guerra. Este impulso sexual se ve agrandado, hecho que a la madre del guerrero le provoca desazón, y va aumentado un lado oscuro, matizado por la insatisfacción y el rencor.

Una dirección pausada, espléndida cada plano, de una fuerza onírica y visual esplendorosa. A un ritmo pausado y sosegado con momentos emotivos y sobrecogedores, el avance de la acción narrativa es movido por las circunstancias del propio contexto, y no por el usual desenvolvimiento de la trama en la mayoría de las películas (no hay una trama en sí, de desenvolvimiento de la misma, sino hechos perturbadores sucedidos a lo largo del tiempo cinematográfico). Onibaba es una experiencia, es un viaje a lo más oscuro del ser, una mezcla perfecta de drama y terror, de realismo y fantasía.

Y unas interpretaciones sublimes, que recaen en las dos protagonistas. El pozo negro donde tiran los cadáveres es una perfecta metáfora visual sobre lo más oscuro del ser humano, un pozo negro y profundo, que reinan actos primitivos del ser humano para la propia supervivencia.

Concluyendo, una obra maestra impepinable cuyo poder visual es determinado por cada perfecto encuadre, y, aparte realiza, una crítica a la guerra, que el ser humano es el único que la causa, y a sus consecuencias. Un film oscuro, tenebroso y dramático, a la vez que sugerente y sobrecogedor; realizado por un magistral cineasta que supo desnudar la condición humana con una gran lucidez para trazar un demoledor retrato de la fragilidad de la misma.

10

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